La Voz de las Mujeres
María Arizpe
La hora de arranque eran las seis de la tarde.
Salí a comer con mi familia y como vivo a media cuadra de Avenida Vallarta, mi
plan era incorporarme a la manifestación a esa altura, que representaba
aproximadamente la mitad del camino. Recién por la mañana me enteré de que
había que vestir de morado. El único color que no mora en mi clóset. Por lo que
elegí un paliacate del tono, unos jeans y me cambié las sandalias por unos
tenis.
Mientras
me preparaba, los mensajes por chat se multiplicaron, extraño para ser domingo
por la tarde. Grupos de mamás, compañeras del trabajo y amigas mandaban su
ubicación para que nos uniéramos las recién llegadas. Justo cuando estaba
sentada en el inodoro preparándome para vaciar mi vejiga antes de adentrarme en
las entrañas de la marcha totalmente liviana, sentí la tierra vibrar. La
sensación me pareció conocida y en segundos me encontré recordando aquella
tarde de hacía unos seis años en que junto con mi esposo y mi hijo de entonces
diez años nos unimos al llanto de la ciudad manifestándose por la desaparición
de los cuarenta y tres estudiantes de Ayotzinapa. En ese entonces sentí el
dolor colectivo como nunca antes, hasta este domingo ocho de marzo de 2020. En
ese entonces la ola de súplicas, manifestaciones y reclamos, culminó en el nuevo
bautismo de la entonces Glorieta de los Niños Héroes, identificándose desde aquel
día como la Glorieta de las y los Desaparecidos. Nada más. No aparecieron los
desaparecidos y no dejaron de morir jóvenes víctimas de violencia.
Esta tarde, la madre tierra gemía de dolor
nuevamente. Sus hijas clamaban justicia. Decidí no esperar y me salí a encontrarme
con el tumulto. Ya en la calle, no sólo sentí el latido de la tierra, sino el clamor
de la multitud en la lejanía que simulaba el rezo de un rosario. Mi cuerpo se
paralizó por unos segundos, dudé si era conveniente incorporarme o quedarme
observando desde la acera, o el balcón de mi casa. Sentí miedo, pero no miedo a
la masa que pudiera venir iracunda, tuve miedo de recordar o de abrir
cicatrices que me han llevado años cerrar, pero tomé valor y seguí caminando. Me
dirigí en sentido contrario al recorrido para encontrar a la multitud de
mujeres que se manifestaba. El encuentro se dió justo al frente del Museo de
las Artes, y por el otro lado a la explanada del edificio de Rectoría de la
Universidad de Guadalajara, dónde me detuve para incorporarme a la manifestación
tan pronto viera al colectivo con quienes había marchado un día antes por la
misma razón.
Al
irme incorporando, observé a madres, abuelas, hijas y adolescentes gritando,
cantando, brincando, levantando el puño: “ni una más”. Eran muchas, eran miles,
eran todas. También había hombres vistiendo de negro con pañuelos morados. En
uno de ellos observé el letrero “yo hoy salgo a gritar porque mi hija no
puede”, otro decía “soy la voz de mi hija desaparecida”. Aquellos que no tienen
voz, me conmueven, esta vez no fue la excepción, se me hizo nudo en la garganta
ver a esos hombres luchando con las mujeres, a un lado, respetando el derecho a
la calle que ese domingo todas las mujeres teníamos, la empatía me envolvió.
Detenida
frente al Museo, de pronto la marcha se tornó confusión. Las filas se rompieron
y surgieron de entre la muchedumbre mujeres encapuchadas con sus armas; sí,
armas que constaban de botes de pintura de diversos colores, bombas de humo y
hasta parece que algo de magia. En cuestión de segundos el atrio de la
Universidad se vestía de palabras que representaban la voz del dolor de las
mujeres abusadas, perdidas, quebrantadas, muertas… “Nos quitaron tanto, que
terminaron quitándonos el miedo”, esta frase terminó de sumergirme en la masa.
Recordé los agravios que yo misma recibí en mi vida, cuando no me sabía
defender.
Observé
y permanecí en silencio, y me encontré inhalando esa rabia que muerde cuando se
ha sido sometida por años, por décadas, por siglos. Cuando el recuerdo del daño
toca el alma o la psique, no hay serenidad que nos calme, ni paz que
respetemos, cuando nuestra voz no es escuchada, cuando no existe contención,
cuando la violencia es diaria dentro de las casas o fuera de ellas, nuestra voz
no puede reprimirse más, sale a gritos, ladra, muerde y entonces… nos juzgan
¿por qué hablas fuerte? ¿dónde quedó tu femineidad? ¿por qué la violencia? ¿por
qué? ¿por qué? Imaginé cuántas veces, cuántas mujeres han sentido el deseo de
quitarse la vida porque no superan el dolor que les ha sido creado. Así es que
no solamente son los números de desaparecidas o muertas los que se suman al
conteo, también el de aquellas mujeres que seguimos vivas pero que llevamos por
dentro una cicatriz en el mejor de los casos, porque para muchas que no han
tenido el apoyo, las heridas aún sangran.
Me
uní a la marcha, al colectivo “Sangre de mi Sangre” en el que había participado
una tarde anterior. Una protesta silenciosa, no necesitábamos clamar, los
metros de hilos rojos tejidos como mancha de sangre avanzando hacía la misma
glorieta lo decía todo. El domingo era
otra cosa, era momento de gritar, de abrir la válvula de escape. “¡Con ropa o
sin ropa, mi cuerpo no se toca!”, “¡Somos el grito de las que ya no tienen
voz!”. Seguimos caminando, levantando los puños, abriendo las manos, las más
jóvenes brincaban. Medio kilometro más adelante a la cuadra y media de llegar a
Chapultepec para virar rumbo a la glorieta de los y las desaparecidas, entró el
pánico en la muchedumbre, el estruendo de un letrero al impactarse contra los
vidrios de un edificio abandonado, levantó la alarma. ¡Una explosión!, ¡gases!,
corran… Yo que iba dentro del tejido rojo, me sentí por segundos atrapada,
frágil, aún rodeada de mujeres como yo, me sentí vulnerable. El miedo sigue
ahí. Está instalado. Ayer callamos para sobrevivir, hoy necesitamos gritar para
poder vivir.
“El
estado opresor es un macho violador”, “vivas se las llevaron, vivas las
queremos”, “yo sí te creo”, “no nos miren, únanse ya” “levanta la mano, si a ti
te han acosado”, “con ropa o sin ropa mi cuerpo no se toca”. La marcha continuó.
Al principio sólo las mujeres encapuchadas pintaban o se manifestaban con actos
de rebeldía, asemejados a la violencia… pintaban frases en el piso, en los
muros, en las paredes, pegaban carteles… con el caminar, ya no importaba
ocultar el rostro, se mostraban sin máscaras, el dolor rayaba y gritaba. Llegamos
al monumento de los y las desaparecidas. Nuestras hermanas contaban sus
testimonios con dolor vivo, con heridas arriba de las cicatrices, algunas de
ellas todavía abiertas. Estuve ahí parada un rato, sentí vibrar la energía de
las mujeres … sí, esas mujeres que sangramos cada mes para poder dar vida, esas
mujeres que hemos nacido bajo el anonimato, que hemos tenido que navegar con la
bandera de pendeja para no rechazar un acoso que nos podría quitar el trabajo…
o la vida; esas mujeres que estamos gritando no sólo para ser escuchadas,
necesitamos ser comprendidas, amadas, abrazadas. Pero sobre todo necesitamos
salir a la calle seguras, para que al regresar a casa nuestros padres puedan
abrazarnos, nuestros hijos puedan correr hacia nosotros para gritarnos mamá y
colgarse a nuestro cuello, para que nuestros hombres también crezcan con madres
sanas, que les permitan ser vulnerables, sentir, que les enseñen sobre el amor,
sobre las mujeres, el equilibrio y la vida.
Caminé
de regreso a casa con el puño en alto, satisfecha de mi lucha, no solamente por
la de este ocho de marzo, sino por aquella que inicié hace más de dos décadas,
cuando me rompí y tuve que recoger mis pedazos yo sola para no morir, aunque
confieso que muchas veces preferí estarlo. Sentarme por once años frente a
otras mujeres que trataron de ayudarme en terapia, tomar medicamentos para
comprender por qué estaba rota y como era que podía volver a pegarme para
recuperar mi esencia. El camino me pareció largo, como el que caminé de regreso
del monumento a mi casa, pero esta vez en mi andar encontré muchas voces
pintadas en el piso “no estás sola”, “nos quitaron tanto que terminaron
quitándonos el miedo”, “ni una más”.
No
niego que me dolió ver mi colonia y los mosaicos del camellón de Chapultepec
pintados, esas calles que recorro todos los días mañana y tarde cuando camino
con mis perros. Tardé un par de días en superar y comprender que rayar había
sido parte del proceso de sanación colectiva, comprendí que si una de las que
ya no están fuera mi hija, mi hermana, mi madre… nadie podría impedirme gritar,
rayar, tirar, romper, matar… cuando todo dentro de una se ha roto, una esta
muerta ya. Romper afuera es la anestesia que apaga momentáneamente el dolor.
Llegué
a mi casa, mi familia estaba preocupada porque se quedó sin pila mi celular y
los gritos habían despertado un desasosiego en ellos que no terminó hasta que
me vieron acercarme caminando por la avenida. No me di cuenta del tiempo,
fueron más de cuatro horas de mujeres en grito de lucha… de solidaridad. ¿Qué sigue? ¿Cuántos ochos de marzo tendremos
que salir a gritar, romper, quebrar, para que nuestras vidas se equilibren y
podamos criar hijos respetuosos de la mujer y su fortaleza y fragilidad?
Este
ocho de marzo, treinta y cinco mil mujeres en Guadalajara salimos de nuestra
casa para manifestarnos en contra de la violencia de género, ¿Qué aprendimos?,
¿Qué juntas somos fuertes? ¿Podemos cambiar el destino de las vidas, de
nuestras familias, de un país, de la humanidad?… ¿Qué habrémos cambiado para el
2026? ¿Cómo vamos a avanzar en nuestro camino a la justicia? ¿Cuántas marchas
se necesitarán para mutar nuestro grito en canto?





