domingo, 8 de marzo de 2026

La Voz de las Mujeres - María Arizpe

 

 

La Voz de las Mujeres

 

María Arizpe




 

La hora de arranque eran las seis de la tarde. Salí a comer con mi familia y como vivo a media cuadra de Avenida Vallarta, mi plan era incorporarme a la manifestación a esa altura, que representaba aproximadamente la mitad del camino. Recién por la mañana me enteré de que había que vestir de morado. El único color que no mora en mi clóset. Por lo que elegí un paliacate del tono, unos jeans y me cambié las sandalias por unos tenis.

            Mientras me preparaba, los mensajes por chat se multiplicaron, extraño para ser domingo por la tarde. Grupos de mamás, compañeras del trabajo y amigas mandaban su ubicación para que nos uniéramos las recién llegadas. Justo cuando estaba sentada en el inodoro preparándome para vaciar mi vejiga antes de adentrarme en las entrañas de la marcha totalmente liviana, sentí la tierra vibrar. La sensación me pareció conocida y en segundos me encontré recordando aquella tarde de hacía unos seis años en que junto con mi esposo y mi hijo de entonces diez años nos unimos al llanto de la ciudad manifestándose por la desaparición de los cuarenta y tres estudiantes de Ayotzinapa. En ese entonces sentí el dolor colectivo como nunca antes, hasta este domingo ocho de marzo de 2020. En ese entonces la ola de súplicas, manifestaciones y reclamos, culminó en el nuevo bautismo de la entonces Glorieta de los Niños Héroes, identificándose desde aquel día como la Glorieta de las y los Desaparecidos. Nada más. No aparecieron los desaparecidos y no dejaron de morir jóvenes víctimas de violencia.

 

Esta tarde, la madre tierra gemía de dolor nuevamente. Sus hijas clamaban justicia. Decidí no esperar y me salí a encontrarme con el tumulto. Ya en la calle, no sólo sentí el latido de la tierra, sino el clamor de la multitud en la lejanía que simulaba el rezo de un rosario. Mi cuerpo se paralizó por unos segundos, dudé si era conveniente incorporarme o quedarme observando desde la acera, o el balcón de mi casa. Sentí miedo, pero no miedo a la masa que pudiera venir iracunda, tuve miedo de recordar o de abrir cicatrices que me han llevado años cerrar, pero tomé valor y seguí caminando. Me dirigí en sentido contrario al recorrido para encontrar a la multitud de mujeres que se manifestaba. El encuentro se dió justo al frente del Museo de las Artes, y por el otro lado a la explanada del edificio de Rectoría de la Universidad de Guadalajara, dónde me detuve para incorporarme a la manifestación tan pronto viera al colectivo con quienes había marchado un día antes por la misma razón.

            Al irme incorporando, observé a madres, abuelas, hijas y adolescentes gritando, cantando, brincando, levantando el puño: “ni una más”. Eran muchas, eran miles, eran todas. También había hombres vistiendo de negro con pañuelos morados. En uno de ellos observé el letrero “yo hoy salgo a gritar porque mi hija no puede”, otro decía “soy la voz de mi hija desaparecida”. Aquellos que no tienen voz, me conmueven, esta vez no fue la excepción, se me hizo nudo en la garganta ver a esos hombres luchando con las mujeres, a un lado, respetando el derecho a la calle que ese domingo todas las mujeres teníamos, la empatía me envolvió.

            Detenida frente al Museo, de pronto la marcha se tornó confusión. Las filas se rompieron y surgieron de entre la muchedumbre mujeres encapuchadas con sus armas; sí, armas que constaban de botes de pintura de diversos colores, bombas de humo y hasta parece que algo de magia. En cuestión de segundos el atrio de la Universidad se vestía de palabras que representaban la voz del dolor de las mujeres abusadas, perdidas, quebrantadas, muertas… “Nos quitaron tanto, que terminaron quitándonos el miedo”, esta frase terminó de sumergirme en la masa. Recordé los agravios que yo misma recibí en mi vida, cuando no me sabía defender.

            Observé y permanecí en silencio, y me encontré inhalando esa rabia que muerde cuando se ha sido sometida por años, por décadas, por siglos. Cuando el recuerdo del daño toca el alma o la psique, no hay serenidad que nos calme, ni paz que respetemos, cuando nuestra voz no es escuchada, cuando no existe contención, cuando la violencia es diaria dentro de las casas o fuera de ellas, nuestra voz no puede reprimirse más, sale a gritos, ladra, muerde y entonces… nos juzgan ¿por qué hablas fuerte? ¿dónde quedó tu femineidad? ¿por qué la violencia? ¿por qué? ¿por qué? Imaginé cuántas veces, cuántas mujeres han sentido el deseo de quitarse la vida porque no superan el dolor que les ha sido creado. Así es que no solamente son los números de desaparecidas o muertas los que se suman al conteo, también el de aquellas mujeres que seguimos vivas pero que llevamos por dentro una cicatriz en el mejor de los casos, porque para muchas que no han tenido el apoyo, las heridas aún sangran.

            Me uní a la marcha, al colectivo “Sangre de mi Sangre” en el que había participado una tarde anterior. Una protesta silenciosa, no necesitábamos clamar, los metros de hilos rojos tejidos como mancha de sangre avanzando hacía la misma glorieta lo decía todo.  El domingo era otra cosa, era momento de gritar, de abrir la válvula de escape. “¡Con ropa o sin ropa, mi cuerpo no se toca!”, “¡Somos el grito de las que ya no tienen voz!”. Seguimos caminando, levantando los puños, abriendo las manos, las más jóvenes brincaban. Medio kilometro más adelante a la cuadra y media de llegar a Chapultepec para virar rumbo a la glorieta de los y las desaparecidas, entró el pánico en la muchedumbre, el estruendo de un letrero al impactarse contra los vidrios de un edificio abandonado, levantó la alarma. ¡Una explosión!, ¡gases!, corran… Yo que iba dentro del tejido rojo, me sentí por segundos atrapada, frágil, aún rodeada de mujeres como yo, me sentí vulnerable. El miedo sigue ahí. Está instalado. Ayer callamos para sobrevivir, hoy necesitamos gritar para poder vivir.

            “El estado opresor es un macho violador”, “vivas se las llevaron, vivas las queremos”, “yo sí te creo”, “no nos miren, únanse ya” “levanta la mano, si a ti te han acosado”, “con ropa o sin ropa mi cuerpo no se toca”. La marcha continuó. Al principio sólo las mujeres encapuchadas pintaban o se manifestaban con actos de rebeldía, asemejados a la violencia… pintaban frases en el piso, en los muros, en las paredes, pegaban carteles… con el caminar, ya no importaba ocultar el rostro, se mostraban sin máscaras, el dolor rayaba y gritaba. Llegamos al monumento de los y las desaparecidas. Nuestras hermanas contaban sus testimonios con dolor vivo, con heridas arriba de las cicatrices, algunas de ellas todavía abiertas. Estuve ahí parada un rato, sentí vibrar la energía de las mujeres … sí, esas mujeres que sangramos cada mes para poder dar vida, esas mujeres que hemos nacido bajo el anonimato, que hemos tenido que navegar con la bandera de pendeja para no rechazar un acoso que nos podría quitar el trabajo… o la vida; esas mujeres que estamos gritando no sólo para ser escuchadas, necesitamos ser comprendidas, amadas, abrazadas. Pero sobre todo necesitamos salir a la calle seguras, para que al regresar a casa nuestros padres puedan abrazarnos, nuestros hijos puedan correr hacia nosotros para gritarnos mamá y colgarse a nuestro cuello, para que nuestros hombres también crezcan con madres sanas, que les permitan ser vulnerables, sentir, que les enseñen sobre el amor, sobre las mujeres, el equilibrio y la vida.

 

            Caminé de regreso a casa con el puño en alto, satisfecha de mi lucha, no solamente por la de este ocho de marzo, sino por aquella que inicié hace más de dos décadas, cuando me rompí y tuve que recoger mis pedazos yo sola para no morir, aunque confieso que muchas veces preferí estarlo. Sentarme por once años frente a otras mujeres que trataron de ayudarme en terapia, tomar medicamentos para comprender por qué estaba rota y como era que podía volver a pegarme para recuperar mi esencia. El camino me pareció largo, como el que caminé de regreso del monumento a mi casa, pero esta vez en mi andar encontré muchas voces pintadas en el piso “no estás sola”, “nos quitaron tanto que terminaron quitándonos el miedo”, “ni una más”.

            No niego que me dolió ver mi colonia y los mosaicos del camellón de Chapultepec pintados, esas calles que recorro todos los días mañana y tarde cuando camino con mis perros. Tardé un par de días en superar y comprender que rayar había sido parte del proceso de sanación colectiva, comprendí que si una de las que ya no están fuera mi hija, mi hermana, mi madre… nadie podría impedirme gritar, rayar, tirar, romper, matar… cuando todo dentro de una se ha roto, una esta muerta ya. Romper afuera es la anestesia que apaga momentáneamente el dolor.

            Llegué a mi casa, mi familia estaba preocupada porque se quedó sin pila mi celular y los gritos habían despertado un desasosiego en ellos que no terminó hasta que me vieron acercarme caminando por la avenida. No me di cuenta del tiempo, fueron más de cuatro horas de mujeres en grito de lucha… de solidaridad.  ¿Qué sigue? ¿Cuántos ochos de marzo tendremos que salir a gritar, romper, quebrar, para que nuestras vidas se equilibren y podamos criar hijos respetuosos de la mujer y su fortaleza y fragilidad?  

            Este ocho de marzo, treinta y cinco mil mujeres en Guadalajara salimos de nuestra casa para manifestarnos en contra de la violencia de género, ¿Qué aprendimos?, ¿Qué juntas somos fuertes? ¿Podemos cambiar el destino de las vidas, de nuestras familias, de un país, de la humanidad?… ¿Qué habrémos cambiado para el 2026? ¿Cómo vamos a avanzar en nuestro camino a la justicia? ¿Cuántas marchas se necesitarán para mutar nuestro grito en canto?