Censura y Autocensura

Encuentro de escritroras latinoamericanas

Galería Tokiota

Congreso Mundial Pen en Tokio 2010

Encuentro de Minificción

"Raúl Aceves 2017".

Crónicas de Brandenburgo

Viajar es como soñar en un sueño.

viernes, 22 de febrero de 2019

Fue por eso - Lizbeth Sánchez





Sentada en la sala de visitas, Rita miró la voluminosa figura de su madre acercándose a la mesa. Vio como las carnes del rollizo cuerpo se desbordaban fuera de un vestido que pretendía parecer sexy.  La señora jaló la silla del otro lado de la mesa, las patas rechinaron mientras raspaban el piso, luego ella dejó caer su cuerpo sobre el asiento.  La consternación nubló sus ojos.
–Ay, hijita, ¿Qué hiciste? – murmuró con voz trémula.
Rita guardó silencio.
–¿Por qué, mijita? ¿Por qué? Tan buen marido que era…
–Por qué me recordó a los suyos, amá. –Contestó Rita por lo bajo.
–¿A los míos? ¿Ni siquiera hay manera de compararlos? ¿A cuál de ellos? ¿Al Gerardo, que me obligaba a trabajar en una cantina y luego me quitaba los pesos que ganaba?
–A ese no lo conocí – Respondió Rita con desdén.
–¿O a tu padre, que me dejó en cuánto vio que parí a una vieja y no a un macho?
–Siempre me ha restregado eso, amá – mencionó Rita con desprecio – Siquiera la dejó tenerme y no la obligó a abortar pa’ no mantener más bocas.
–¿O al Ramiro…? – continuó la deslucida dama –Ay, el Ramiro – envolvió el recuerdo en un suspiro –tan ardiente, ese sí era un hombre.
–Sí, claro, el que me sacaba del cuarto de la vecindad pa’ podérsela coger a su antojo, y ¿pos, pa’ qué? Si los gritos de usté se escuchaban por todos lados.  Sólo cuando llovía no tenía que taparme las orejas.
–¿Al Gilberto? –Evocó perdida en la memoria – Ese sí era cumplidorcito pal chivo.  Pos así, como tu marido…
–Pos sí, puede que a ese se parecía más que a todos, al que se metía por las noches en mi cama pa’ cogerme a huevo, mientras usté se hacía pendeja del otro lado de la puerta.  A ése que me dejaba los moretes que usté nunca vio.
–Vas a volver otra vez con ese cuento…– El tono se tiñó de indignación.
–O al de la carnicería que cuando ya no le gustó usté pa’ cobrarse pidió que yo fuera por la carne.
–¿Cómo te atreves? – Gritó la visitante y se levantó con inesperada rapidez. La silla cayó con estrépito sobre su respaldo.  Las miradas de reclusas y visitantes se volvieron hacia ellas,
–A todos esos recordé esa noche – rememoró Rita en voz queda – y a otros – continuó – que de seguro usté no recuerda por sus borracheras. ¿Sabe? Cuando él, ese que usté llama mi marido, se metió a mi cuerpo por la fuerza, cuando me golpeó como lo había hecho otras veces, pero más duro que antes, mientras miraba sus ojos que brillaban de odio, me fui acordando poco a poco de todos esos hombres.  Y cuando a jalones intentó arrastrarme fuera de la casa, cuando escuché la lluvia que caía a chorros, cuando oí los truenos, entonces, como pude, a mordidas y aruñones me solté, agarré el cuchillo que estaba en la mesa y se lo clavé, una y otra y otra vez, mientras en su cara miraba al Ramiro, al Gilberto y a los otros.  Y fue por eso qué lo maté, amá.

viernes, 21 de diciembre de 2018

Estuve presente cuando ejecutaron a papá por Noé Reyes






Papá
Estuve presente cuando ejecutaron a Papá. Aquello fue un circo. Lo mataron entre cuatro o cinco hombres. Muchos ojos pareados lo vieron; aplaudieron al ver escurrir la sangre de Papá. Al principio los enfrentó heroico, incluso llevó a uno de sus agresores al suelo, mas poco después uno de sus enemigos le clavó un metal con punta; Papá no lo vio venir, sólo sintió, el puyazo. Perdió fuerza.
Aún menguado por el sangrado, cual Marcus Atilius gladiador vencedor de Hilario, el de las trece batallas, espejo de Crixo, Papá bregaba por mantenerse en pie. Recuerdo el momento; los cientos de ojos gritar. Las voces del lugar respirar sangre. Siento rabia por mi quietud. Aquella gente evitaba el rostro de Papá, lo herían por detrás, las llaman banderillas, les dicen segundo tercio. Mentiras cosidas al lomo. Jugaban con él. Me odiaba. ¿Cómo podía estar presente sin hacer nada? Los asistentes se enjabonaban con muerte, expelían burbujas de odio contra Papá, como si también fuera su enemigo; ni siquiera lo era de su verdugo. Papá bajó la guardia, miró a su ejecutor resignado, apenas triste. Veo al impío con el pecho henchido, soflamero como un dios, se siente omnipotente. Le muestra una espada a Papá. Me turbo. Van a cortarle la cabeza como he escuchado en la radio.
Papá se orina. Puedo olisquear su miedo.
El coso presente increpó a Papá por no aguantar sus necesidades. Quería correr a él, socorrerlo. Me amenazaron. Mandaron callarme. A Papá le atravesaron el corazón. Fue menester lacerarlo varias veces.
Papá era el sexto de la tarde.



— Juanita, Juanita. ¿Supiste de la desgracia de los vecinos?
—Sí. Mala onda, ¿vendería droga el muchacho, o algo así? Sí, ha de haber andado en malos pasos y si no ¿cómo lo explicas? Oye, bonita blusa… ¿Dónde la compraste?
—En Liverpool. ¿Chula verdad? Es horrible como lo encontraron, según dicen, lo golpearon, le clavaron navajas en la espalda, le arrancaron la lengua y le cortaron dos dedos, al final lo mataron, apenas rondaba los 25 años… Oye, Juanita, ahorita me estoy acordando de una blusa color azul, bonita cómo para ti, o para tu niña, por cierto la vi llegar y ni saludó, ¡traía una cara! el mismo rostro pone mi niña cuando le da hambre.
—Déjala así son los pre-púberes, al rato baja y te saluda como siempre… Y feo lo de los vecinos, estamos en una barbarie y nomás nadie hace nada para detener esto…  ¿Quién te contó del muchacho?
—Sí. Juanita, nadie mete las manos por nosotros, desde el sexenio de Calderón anda todo patas pa´ arriba… me platicó doña Samantha la de la tienda de abarrotes, ella los conoce bien, eran nuevos riquillos… a pos mira desde la etapa del PAN… De pronto, sin más ni más, empezaron a tener carros y a comprar casas y a andar de presumidillos. Según doña Samantha, seguido se la pasaban echando alcoholes en la esquina con la música en sus camionetas a todo volumen, cómo si a uno le gustara oír su ruidajo... Pobre chamaco lo entregaron a pedacitos a la familia, por aquello de la autopsia, ves. La verdad, la verdad, esa blusa azul te quedaría… oye y tu hija… tienes razón, mira ya se asomó y me movió la mano, aunque no de muy buena gana… ¡eh!... Es comportarse como animales eso de andar cortando a la gente, ¿no crees Juanita? pero ya, dejemos eso, es feo… cuenta ¿cómo te fue en los toros?

jueves, 6 de diciembre de 2018

Miroslava por Silvia Quezada



 


Aquella noche Miroslava supo del asalto, de esa sensación súbita de abrir los ojos en medio de la oscuridad, mientras algo reptaba entre sus piernas, con un jadeo húmedo, desconocido. Quiso zafarse, deshacerse de ese peso incómodo; llena de asco empujó con todas sus fuerzas la cabeza que se había incrustado en sus ingles, gritó, aulló herida, sintió el peso total de un hombre, su forcejeo, los músculos calientes y poderosos que la sometían sin que nadie más apareciera.

Desde entonces tuvo miedo. Un sentimiento de indefensión llenaba su cuerpo de temblores cuando caía la tarde. Luego de unas semanas supo que la geografía de su cuerpo había cambiado: se oscurecieron sus pezones y una raya negra comenzó a dibujarse desde el centro del ombligo hasta el pubis. Llegaron las náuseas, los mareos, la incertidumbre. Rechazó la idea de llenarse de redondeces. Sentía que tendría un hijo reptil.

Miroslava soñaba con tirarse al río…cerraba los ojos y se veía rodar entre las piedras, las lajas destruirían su nariz, las sienes, y su piel toda se rasgaría junto con su vida. Luego imaginaba tomarse un té amargo de apio machacado, amargo, espeso, horroroso. Las vigas de su cuarto la invitaban a buscar una soga, el barranco del fondo a lanzarse al vacío, nadie habría de buscarla otra vez para humillarla, ninguno.

La soga atada a la regadera se rompió. Con el calendario adelantado, fuera de fechas, nació la niña. Tenía los ojos verdes y la piel oscura. El temperamento de Miroslava cambió. Ahora se sentía la mujer más feliz, la madre más plena. Se iba alborozada a lavar al río, se columpiaba entre los árboles con lianas improvisadas, cargaba a la niña a todas partes. Amó la noche otra vez.

La hija fue creciendo con lunas nuevas. Muy pronto era ella quien se acercaba al río, sumergiéndose toda en alborozo. Fue triste cuando Miroslava la vio llegar a la casa sangrante, con la nariz rota por los golpes de un desconocido que la tomó a la fuerza. Su temperamento cambió, se llenó de cicatrices. Se hizo de un carácter. Cuando la raya negra apareció en su vientre supo que había llegado el momento: buscó la soga más fuerte, la viga más oscura. Miroslava la encontró meciéndose en el tiempo. En el aquel pasado heredado que ahora sí ella misma tendría que cumplir.

martes, 30 de octubre de 2018

Rabia de tinta por Rafael Ortiz



 

Me cuenta mi mamá que te estás recuperando, Basilio. Eso es bueno y malo, la pregunta es ¿para quién? Bueno para ti si logras salir de ésta. Arrancarías de cero, sin lastres. Bueno para mí porque no es lo mismo que me acusen de agresión que de homicidio, la puerta de salida se ensancha un metro cada milímetro cicatrizado de tu herida. Malo para tu sueño, para conciliarlo sabiendo que jamás llegaré a perdonarte, despertando por la noche con el hospital a oscuras, temeroso de que me presente a acabar lo empezado.

¿Sabes qué está bien jodido, Basilio? Esta bodega de almas arrugadas por el crimen, por el pecado, y en mi caso, por la estupidez. Tonta, nunca te hice caso cuando quisiste enseñarme a tirar. Tampoco imaginé que tu amada pistola pateara tanto. Te apunté al corazón y te hice pedazos un hombro. Debí poner la mira en tu ombligo para volarte la cara, así no tendría que verla siempre; en los moretones de los brazos de las drogadictas, en los dibujos que dejan en las celdas los orines al secarse. Veo tu cara malnacida entre los barrotes sembrados en el concreto, y esos no paran de crecer.

Lo peor aquí no es la falta de paz. Lo peor es el frío rebanando los huesos mientras peleas hasta por el papel del baño. Si tu recuerdo fuera eso: un retazo de vida usado para limpiar la peor suciedad, arrastrado luego por un remolino sin freno. No, no te escribo esto para hacerme la mártir, seguro mi condición te alegra. Lee estas líneas, asimila mi calvario, entérate de las calamidades que vas a vivir en carne propia. ¿O crees que un simple balazo fue suficiente penitencia?

En parte tuve la culpa, lo sé, por haberte conocido. Si me juzgaran por imbécil alcanzaría cadena perpetua. Cuando una es chica y se enamora, pierde. Pero enamorarse como yo de ti, a mi edad, eras casi un muchacho… Si me hubiera detenido a pensarlo Carito seguiría viva y su bebé habría nacido en estas fechas. Fui tan tonta antes y tan lista para adivinarlo después, la noche en que ella no volvió de la prepa. Es por el aguacero, decía mi mamá. No, no era eso, yo sabía, le había pasado algo.

Dice el abogado que mi peor error fue hacer justicia por propia mano, pero no hacía falta un juicio. Cuando llegaste casi de madrugada y te dije que mi niña no aparecía, te quedaste mudo. No necesitabas confesar; me lo dijeron tus ojos de perro muerto, lo cantó tu aliento a alcohol de cuarta, lo gritaron tus pantalones llenos de lodo. El lodo hallado en los pulmones de mi hija. Los pantalones encontrados en el cateo de ayer en casa de tu hermano, los pulmones de Carito reventados a medias del río crecido.

Cuando te interroguen dirás que ella se te insinuaba, que cuando me quedaba tarde a trabajar se te metía en la cama. A lo mejor sí, te la doy por buena. No me importa, no me importaría si mi nieto fuera también mi hijastro. Una madre a sus hijos les perdona todo. Cómo pude pensar que no harías nada. Lo sabías, ella te lo dijo. Por eso te deshiciste de ambos, de un solo esfuerzo. Estuviste horas limpiando la pistola mas no te atreviste a usarla. Era demasiado obvio. Saliste apurado, nervioso, me di cuenta dónde la escondiste. Volviste a ver su cañón niquelado al día siguiente, la viste escupir fuego antes de caer de espaldas.

¿Eres tú, Basilio? Ya siento tus huesos resonando contra los muros como un puño de monedas aventadas a un bote. Ya te oigo pujar de miedo cuando sientas el coro de vahos calientes en la nuca, cuando no aguantes tu hedor y sufras el primer regaderazo. ¿Sabes, Basi? Me daría mucha pena si esta carta no te encuentra en el cuarto de hospital donde te recuperas. Si acaso la recibes antes no te apresures en contestarme. Léela con cuidado, quiérela mucho, no te vayas sin querer algo en tu vida. Toma el papel y siente cómo se queman tus manos, cómo traspasa tu piel la rabia de mi tinta.


martes, 9 de octubre de 2018

Hemofobia por Aída López Sosa




Cuatro pies entrelazados, las uñas esmaltadas en morado y negro, era lo único que sobresalía de entre las sábanas color bermellón. En la habitación recién iluminada por la aurora, dos mujeres, una a un lado de la otra, sin visibles marcas de violencia, permanecían silenciosas, como dormidas, aunque los que estaban ahí las sabían muertas. Cualquiera podría imaginar que reposaban después de horas de orgasmos; la lente no alcanzaba a ver la diferencia entre estos y la muerte. Los agentes escudriñaron los cuatro metros cuadrados de paredes blancas y alfombra vetusta apenas decoradas con el poster de un grupo desconocido de rock. Registraron cada detalle, el más mínimo podría servir para esclarecer los hechos. El sol había comenzado a hacer sus primeros estragos, el bermellón ahora candente ofuscaba las pupilas que poco a poco iban cediendo al exceso de claridad. Claridad que necesitaban para encontrar las pistas que los llevarían a resolver el crimen, suicidio o lo que fuera.

La fotógrafa sacó de su bolsa un par de guantes blancos y se los colocó en sus manos temblorosas, mismos que enseguida absorbieron el sudor destilante. Destapó los cuerpos. Parecía que tenían un acuerdo entre ellos, estaban cuidadosamente acomodados, los brazos de ambas estaban cruzados tocando el sexo de la otra, los dedos de una se perdían entre el vello púbico de la otra. Ambos tatuados, perforados, escuálidos y descuidados, dificultaban calcular las edades. Una era visiblemente mayor que la otra. Después enfocó con temor la lente hacia el único buró que se encontraba al lado izquierdo de la cama. Encima estaban dos copas vacías, una botella a medio terminar de cerveza Palma Cristal, un cenicero con seis colillas de Benson mentolados y junto a este una cajetilla con aún tres cigarros sin fumar; hojas de papel arroz y una pequeña libreta parecida a un directorio. En el piso entre la cama y el buró, un calcetín de hombre al revés.

Posterior al recuento de los hechos, acordonaron el sitio y el equipo de investigación bajó del cuarto piso en busca de la salida. Una voz de mujer blasfemó desde el interior de uno de los departamentos cuando los vio pasar: Así tenían que acabar, acotó sentenciosa, siempre lo dije, ese tipo de cosas que no son de Dios, tarde que temprano son castigadas. Eso de meterse entre mujeres es del Diablo y peor aun cuando se meten entre varios. El Ministerio Público aprovechó la lengua suelta de la mujer, la dejó hablar mientras le hacía preguntas, mismas que eran respondidas a borbotones: verá, varios vecinos ya se lo habíamos dicho al dueño que no debía rentarle a putas o maricones, menos a lesbianas, o a drogadictos, pero con tal de cobrar su renta no le importó, ahora a ver cómo sale de este lío. ¿Usted vio algo raro anoche?, preguntó un agente, pues raro todo desde que se cambiaron hace tres meses. Salían de mano hombres con hombres y mujeres con mujeres, hasta extranjeros. Olían a hierba, como a petate quemado, profirió la mujer.

Mientras esperaban la llegada del forense para el levantamiento de cadáveres, la fotógrafa tomó imágenes del exterior. La calle arbolada, uniformada con edificios amarillos de cuyas azotehuelas serpenteaban telas de colores, lograban distraerla de su ansiedad. En el camino no encontraron nada que pudiera llamar su atención. Algunos bares entreabiertos derramando agua jabonosa, vendedores ambulantes, una tienda de abarrotes vacía en la esquina.

Cuando llegaron a la oficina la fotógrafa se sintió mareada, con nauseas, pálida y temblorosa pidió permiso para retirarse. A últimas fechas decía que no le hacía bien estar en la escena del crimen, eso la ponía mal debido a que estaba desarrollando fobia a la sangre, afirmación que sostenía aun sin tener diagnóstico médico. Los síntomas disimulaban el origen de su nerviosismo.

Salió a esperar a un taxi. Le urgía avisar al “Cubano”. La botella de cerveza en la habitación abriría una línea de investigación hacia personas de esa nacionalidad, hasta llegar a desmantelar la red de pornografía para la cual ella se desempeñaba en lo mejor que sabía hacer: tomar fotografías.

lunes, 24 de septiembre de 2018

Se siente frío por Arturo Méndez Licón





Tres componentes automotrices permanecían relegados, el lector de la pantalla decía stand by en letras verdes.

    A Bety le explicaron en la capacitación que eso quería decir “en espera”, pulsantes aparecían las letras en el tablero de su mesa de trabajo y seguido de esto se leía en letras rojas permanentes rejected (rechazado), que se mostraban automáticamente por el control de calidad del sistema computarizado del módulo que ella armaba una y otra vez, sin éxito.

    El producto que en esa maquiladora fronteriza de Ciudad Juárez se elaboraba, eran arneses automotrices para una marca de autos japoneses.

    Le preocupaba mucho a Bety ser sustituida; es tan devaluada la mano de obra en estos empleos, que fácilmente podía ser prescindible. En su anterior trabajo como sirvienta en una casa familiar, no le ofrecían las prestaciones de ley que en esta maquiladora le otorgaban, aun siendo contrato eventual mañosamente elaborado a favor de la empresa.

    La escasa preparación con la que ella contaba se reducía a labores domésticas y la actual capacitación de la maquila recibida para realizar este trabajo, al que por el momento parecía no tener la habilidad requerida; y no quería perder esa fuente de ingreso.

    Sintió escalofrío y se advirtió observada, ¿por una supervisora?, ella pensó lo peor.
    –¿Qué pasa, compañera? –preguntó la chica amablemente, vestida con su uniforme: una bata de color gris. La temperatura bajó exageradamente, Bety trató de darse calor al cuerpo con sus brazos cruzados sobre el pecho.
    –¡Ay!, no sé –exclamó –, lo he intentado paso a paso, pero llevo tres módulos rechazados y éste será el cuarto –dijo Beatriz quejándose.
   –Déjame ver, recorramos tu ruta, oprime el cero, ¡mira!, aquí está la falla, es sólo oprimir el cero, mantenerlo un rato, cerrar la cápsula y reiniciar –dijo Nancy.
    –Te juro que ya lo había hecho –replicó Bety.
    –Mira –le confesó en secreto la chica de bata gris –a veces, creo que desde el sistema central hacen estos bloqueos a propósito, para luego llamarte a la administración con otros fines, pero no lo podemos comprobar.
    –Cómo te lo agradezco compañera, necesito tanto el trabajo, entre mi mamá y yo mantenemos la casa, bueno, si se puede decir casa en donde vivimos con mis tres hermanitos.
    –Sí, te comprendo, así estamos todas, pero a veces la preocupación nos pone tensas y nerviosas y no vemos o entendemos, más allá de… –la chica se interrumpió tocándose la nariz, como un gesto significativo.
    –¿Cómo hablas? Y ¿Cómo sabes?, pareces muy experimentada a tu edad –comentó Bety.
    –Gracias, mira entré aquí a la edad de trece años falsificando mi identidad, al igual que otras más; hemos alterado nuestra acta de nacimiento para ser admitidas. Los administradores saben que mentimos, fingen no ser rigurosos en esta situación, aprovechándose de eso para disolver cualquier exigencia de nuestra parte hacia la empresa. Prefieren que seamos jóvenes y pobres; y así estamos con el temor de perder nuestro trabajo con base en el delito de haber alterado el acta de nacimiento; entre más calladitos, mejor para ellos, les conviene que estemos así, soportando la explotación laboral entre otras cosas.
    –¿Cómo te llamas? –Preguntó Bety – No traes gafete.
    –Nancy Villalba López, tengo diecinueve años.
    –Yo soy Beatriz Sisniega Molina y, la verdad, no soy mayor de edad, tengo quince años. Por eso y por tu ayuda me siento muy identificada contigo.
    –Gracias por tu confianza –le contestó Nancy –, bueno, nos veremos pronto por aquí en este mar de almas –refiriéndose a las cientos de operadoras existentes.
  
  Se dieron un beso, y se despidieron.

    Beatriz era de origen colombiano, nacida en Ciudad Juárez como tantas familias de población flotante, que se quedan atoradas en la frontera sin alcanzar “el sueño americano”. De su padre no sabían nada, al parecer, estaba desaparecido; años atrás un día salió de casa, quizá nadando por el río Bravo con la intención de cruzar o se enroló en una de las tentadoras trampas que la ciudad ofrece; drogas, prostitución, la más fácil manera de perder la libertad o la vida.


    Una mañana, a la entrada, afuera de la maquiladora, se encontraba un grupo de madres activistas, invitando a una manifestación: una gran marcha en caravana hasta la ciudad de Chihuahua para hacer un plantón frente a Palacio de Gobierno ante la pasividad de las autoridades para esclarecer el fenómeno feminicida serial: desaparecidas y encontradas muertas con extrema violencia.
  
  Bety observaba las pancartas en las que se leía: “Ni una más”, “Huesos en el desierto”, “Regreso a casa”, “Queremos a nuestras hijas vivas”.

    Hacía frío; se incrementó la sensación de la baja temperatura.

    –Hola, compañerita –se acercó a Bety, Nancy Villalba, y le preguntó –, ¿nos acompañarás? Habrá transporte, llevaremos sodas y burritos, el lunes 21 de marzo, lo aprovechamos y regresamos el martes, se quedará una guardia de protesta permanente frente a palacio.
    –Creo que sí, déjame ver –dijo Beatriz –le tengo que decir a mi mamá, te confirmo mañana, ¿sí?
   –Ok.

Ese mismo día, el egipcio Abdel Latif Shariff, hedonista, depredador y compulsivo sexual, venía cruzando la línea de El Paso Texas a Ciudad Juárez, por el puente Zaragoza; manejaba el lujoso auto su chofer y amigo “el Tolteca”, así se refería a su cómplice. Venían por “carne fresca”, sería una vez más el mismo perfil de todas las víctimas: jovencitas que parecieran egipcias, ojos y pelo negro, menuditas, morenas y pobres, esto facilitaba la “caza”.

    El egipcio ofrecía por cada presa mil dólares a pandilleros, choferes y policías, entre otros. El contubernio con las autoridades que recibían su especial pago, le cobijaban con absoluta seguridad en su cacería por el safari juarense.

    El mismo gobernador en turno, incompetente ante el caso, declaró “Es una mafia impenetrable”.

    Simultáneamente se oía el silbido de salida de turno de las operadoras de las maquilas.

    Bety y otras más salieron, tomaron el transporte que la empresa les ofrecía; las dejaba en diferentes rumbos, solicitados por cada una, para luego tomar su destino en otro camión o “rutera” de regreso a casa. Ella y otras bajaron en una parada de autobús, a la hora que el cielo comenzaba a teñirse de rojo.

    –Mira, Tolteca, ahí está una “conejita” –le dijo Shariff –dame el trapo con el cloroformo.

    Acercando el auto muy próximo a Bety; el egipcio, fingió preguntarle algo: ¿Do you know where is…? le dijo a la incauta jovencita, que sintió en ese momento un exagerado escalofrío recorrer su cuerpo, seguido de un poderoso jalón en sentido contrario al depredador que la acechaba.

    Con gran sorpresa Bety se percató que la acción provenía de su compañerita Nancy Villalba; sonriéndole ésta le dijo.

    –Compañerita si no te jalo, casi te atropellan estos pinches gringos.

Bety observaba cómo se alejaba el auto, en ese momento no comprendía aún la ruin intención de ellos, fue tan rápido y tan extraño todo…

    –Bueno –dijo Nancy –ahí viene mi camión, nos veremos mañana. Sus palabras hicieron reaccionar a Bety sobre lo que hubiera ocurrido: su muerte.

    Al día siguiente por la mañana, afuera de la maquiladora, sobre una mesa plegable, estaba la lista de las anotadas al viaje de la gran marcha programada a la capital, por supuesto que Bety se agregaría, venía con una nueva conciencia, después de lo ocurrido había nacido en ella un sentimiento de lucha y valentía. Muchas fotos de desaparecidas y jóvenes asesinadas estaban sobre la mesa. Con curiosidad y pena, ella comenzó a hojear las fotocopias; un frío invadió su cuerpo, no lo podía creer, estaba ante la fotografía de su amiga y protectora: Nancy Villalba López, se leía al pie de la foto; jovencita de trece años, violada, torturada y asesinada; encontrada en Palos Altos seis años atrás.

martes, 4 de septiembre de 2018

La mujer de la moto por Jorge Luis González






Regreso a ese otro tiempo en mi mente por momentos, y me digo: estuvo bien y estaré bien, pero, por lo que observo, me encuentro en algún hospital; entretanto, la vida prosigue y aquí adentro nada pasa.

Recorría la avenida rumbo al trabajo, de pronto, vi como una moto proveniente de una calle trasversal invadió primero el carril izquierdo, de súbito cambió al derecho, mismo que daba a la banqueta, y justo delante de mi auto. Eran dos ocupantes. Una escena típica de un domingo por la tarde, donde la mujer va detrás con unos jeans que se ve le gusta lucirlos por lo ajustados. Sin embargo, en esta ocasión ambos ocupantes de la moto iban encapuchados. Redujeron la velocidad al tiempo que otra mujer con su carriola caminaba por la acera. Entonces, la ocupante de la moto, la de los jeans, se inclinó de su lado derecho, lo necesario como para, con un esfuerzo adicional, levantar incluso un billete del piso. Estaba muy cerca de la mujer de la carriola, quien al caminar le daba la espalda. Luego, el resto ocurrió demasiado rápido. Lo único que no logro recordar, es en qué momento apreté el acelerador de mi auto hasta el fondo.

Mientras la vida continúa, todo pasa allá afuera, y yo sigo en este hospital. Por momentos, en mi mente, regreso a ese otro tiempo preguntándome: si el bebé sigue vivo y con su madre; si los secuestradores murieron o estarán allá afuera esperándome; si todo en realidad sucedió o sólo fue un sueño pasajero cuyo héroe soy yo. Pues dicen: después de un coma, la mente suele confundir la imaginación con los recuerdos de lo vivido.