Censura y Autocensura

Encuentro de escritroras latinoamericanas

Galería Tokiota

Congreso Mundial Pen en Tokio 2010

Encuentro de Minificción

"Raúl Aceves 2017".

Crónicas de Brandenburgo

Viajar es como soñar en un sueño.

jueves, 6 de diciembre de 2018

Miroslava por Silvia Quezada



 


Aquella noche Miroslava supo del asalto, de esa sensación súbita de abrir los ojos en medio de la oscuridad, mientras algo reptaba entre sus piernas, con un jadeo húmedo, desconocido. Quiso zafarse, deshacerse de ese peso incómodo; llena de asco empujó con todas sus fuerzas la cabeza que se había incrustado en sus ingles, gritó, aulló herida, sintió el peso total de un hombre, su forcejeo, los músculos calientes y poderosos que la sometían sin que nadie más apareciera.

Desde entonces tuvo miedo. Un sentimiento de indefensión llenaba su cuerpo de temblores cuando caía la tarde. Luego de unas semanas supo que la geografía de su cuerpo había cambiado: se oscurecieron sus pezones y una raya negra comenzó a dibujarse desde el centro del ombligo hasta el pubis. Llegaron las náuseas, los mareos, la incertidumbre. Rechazó la idea de llenarse de redondeces. Sentía que tendría un hijo reptil.

Miroslava soñaba con tirarse al río…cerraba los ojos y se veía rodar entre las piedras, las lajas destruirían su nariz, las sienes, y su piel toda se rasgaría junto con su vida. Luego imaginaba tomarse un té amargo de apio machacado, amargo, espeso, horroroso. Las vigas de su cuarto la invitaban a buscar una soga, el barranco del fondo a lanzarse al vacío, nadie habría de buscarla otra vez para humillarla, ninguno.

La soga atada a la regadera se rompió. Con el calendario adelantado, fuera de fechas, nació la niña. Tenía los ojos verdes y la piel oscura. El temperamento de Miroslava cambió. Ahora se sentía la mujer más feliz, la madre más plena. Se iba alborozada a lavar al río, se columpiaba entre los árboles con lianas improvisadas, cargaba a la niña a todas partes. Amó la noche otra vez.

La hija fue creciendo con lunas nuevas. Muy pronto era ella quien se acercaba al río, sumergiéndose toda en alborozo. Fue triste cuando Miroslava la vio llegar a la casa sangrante, con la nariz rota por los golpes de un desconocido que la tomó a la fuerza. Su temperamento cambió, se llenó de cicatrices. Se hizo de un carácter. Cuando la raya negra apareció en su vientre supo que había llegado el momento: buscó la soga más fuerte, la viga más oscura. Miroslava la encontró meciéndose en el tiempo. En el aquel pasado heredado que ahora sí ella misma tendría que cumplir.

martes, 30 de octubre de 2018

Rabia de tinta por Rafael Ortiz



 

Me cuenta mi mamá que te estás recuperando, Basilio. Eso es bueno y malo, la pregunta es ¿para quién? Bueno para ti si logras salir de ésta. Arrancarías de cero, sin lastres. Bueno para mí porque no es lo mismo que me acusen de agresión que de homicidio, la puerta de salida se ensancha un metro cada milímetro cicatrizado de tu herida. Malo para tu sueño, para conciliarlo sabiendo que jamás llegaré a perdonarte, despertando por la noche con el hospital a oscuras, temeroso de que me presente a acabar lo empezado.

¿Sabes qué está bien jodido, Basilio? Esta bodega de almas arrugadas por el crimen, por el pecado, y en mi caso, por la estupidez. Tonta, nunca te hice caso cuando quisiste enseñarme a tirar. Tampoco imaginé que tu amada pistola pateara tanto. Te apunté al corazón y te hice pedazos un hombro. Debí poner la mira en tu ombligo para volarte la cara, así no tendría que verla siempre; en los moretones de los brazos de las drogadictas, en los dibujos que dejan en las celdas los orines al secarse. Veo tu cara malnacida entre los barrotes sembrados en el concreto, y esos no paran de crecer.

Lo peor aquí no es la falta de paz. Lo peor es el frío rebanando los huesos mientras peleas hasta por el papel del baño. Si tu recuerdo fuera eso: un retazo de vida usado para limpiar la peor suciedad, arrastrado luego por un remolino sin freno. No, no te escribo esto para hacerme la mártir, seguro mi condición te alegra. Lee estas líneas, asimila mi calvario, entérate de las calamidades que vas a vivir en carne propia. ¿O crees que un simple balazo fue suficiente penitencia?

En parte tuve la culpa, lo sé, por haberte conocido. Si me juzgaran por imbécil alcanzaría cadena perpetua. Cuando una es chica y se enamora, pierde. Pero enamorarse como yo de ti, a mi edad, eras casi un muchacho… Si me hubiera detenido a pensarlo Carito seguiría viva y su bebé habría nacido en estas fechas. Fui tan tonta antes y tan lista para adivinarlo después, la noche en que ella no volvió de la prepa. Es por el aguacero, decía mi mamá. No, no era eso, yo sabía, le había pasado algo.

Dice el abogado que mi peor error fue hacer justicia por propia mano, pero no hacía falta un juicio. Cuando llegaste casi de madrugada y te dije que mi niña no aparecía, te quedaste mudo. No necesitabas confesar; me lo dijeron tus ojos de perro muerto, lo cantó tu aliento a alcohol de cuarta, lo gritaron tus pantalones llenos de lodo. El lodo hallado en los pulmones de mi hija. Los pantalones encontrados en el cateo de ayer en casa de tu hermano, los pulmones de Carito reventados a medias del río crecido.

Cuando te interroguen dirás que ella se te insinuaba, que cuando me quedaba tarde a trabajar se te metía en la cama. A lo mejor sí, te la doy por buena. No me importa, no me importaría si mi nieto fuera también mi hijastro. Una madre a sus hijos les perdona todo. Cómo pude pensar que no harías nada. Lo sabías, ella te lo dijo. Por eso te deshiciste de ambos, de un solo esfuerzo. Estuviste horas limpiando la pistola mas no te atreviste a usarla. Era demasiado obvio. Saliste apurado, nervioso, me di cuenta dónde la escondiste. Volviste a ver su cañón niquelado al día siguiente, la viste escupir fuego antes de caer de espaldas.

¿Eres tú, Basilio? Ya siento tus huesos resonando contra los muros como un puño de monedas aventadas a un bote. Ya te oigo pujar de miedo cuando sientas el coro de vahos calientes en la nuca, cuando no aguantes tu hedor y sufras el primer regaderazo. ¿Sabes, Basi? Me daría mucha pena si esta carta no te encuentra en el cuarto de hospital donde te recuperas. Si acaso la recibes antes no te apresures en contestarme. Léela con cuidado, quiérela mucho, no te vayas sin querer algo en tu vida. Toma el papel y siente cómo se queman tus manos, cómo traspasa tu piel la rabia de mi tinta.


martes, 9 de octubre de 2018

Hemofobia por Aída López Sosa




Cuatro pies entrelazados, las uñas esmaltadas en morado y negro, era lo único que sobresalía de entre las sábanas color bermellón. En la habitación recién iluminada por la aurora, dos mujeres, una a un lado de la otra, sin visibles marcas de violencia, permanecían silenciosas, como dormidas, aunque los que estaban ahí las sabían muertas. Cualquiera podría imaginar que reposaban después de horas de orgasmos; la lente no alcanzaba a ver la diferencia entre estos y la muerte. Los agentes escudriñaron los cuatro metros cuadrados de paredes blancas y alfombra vetusta apenas decoradas con el poster de un grupo desconocido de rock. Registraron cada detalle, el más mínimo podría servir para esclarecer los hechos. El sol había comenzado a hacer sus primeros estragos, el bermellón ahora candente ofuscaba las pupilas que poco a poco iban cediendo al exceso de claridad. Claridad que necesitaban para encontrar las pistas que los llevarían a resolver el crimen, suicidio o lo que fuera.

La fotógrafa sacó de su bolsa un par de guantes blancos y se los colocó en sus manos temblorosas, mismos que enseguida absorbieron el sudor destilante. Destapó los cuerpos. Parecía que tenían un acuerdo entre ellos, estaban cuidadosamente acomodados, los brazos de ambas estaban cruzados tocando el sexo de la otra, los dedos de una se perdían entre el vello púbico de la otra. Ambos tatuados, perforados, escuálidos y descuidados, dificultaban calcular las edades. Una era visiblemente mayor que la otra. Después enfocó con temor la lente hacia el único buró que se encontraba al lado izquierdo de la cama. Encima estaban dos copas vacías, una botella a medio terminar de cerveza Palma Cristal, un cenicero con seis colillas de Benson mentolados y junto a este una cajetilla con aún tres cigarros sin fumar; hojas de papel arroz y una pequeña libreta parecida a un directorio. En el piso entre la cama y el buró, un calcetín de hombre al revés.

Posterior al recuento de los hechos, acordonaron el sitio y el equipo de investigación bajó del cuarto piso en busca de la salida. Una voz de mujer blasfemó desde el interior de uno de los departamentos cuando los vio pasar: Así tenían que acabar, acotó sentenciosa, siempre lo dije, ese tipo de cosas que no son de Dios, tarde que temprano son castigadas. Eso de meterse entre mujeres es del Diablo y peor aun cuando se meten entre varios. El Ministerio Público aprovechó la lengua suelta de la mujer, la dejó hablar mientras le hacía preguntas, mismas que eran respondidas a borbotones: verá, varios vecinos ya se lo habíamos dicho al dueño que no debía rentarle a putas o maricones, menos a lesbianas, o a drogadictos, pero con tal de cobrar su renta no le importó, ahora a ver cómo sale de este lío. ¿Usted vio algo raro anoche?, preguntó un agente, pues raro todo desde que se cambiaron hace tres meses. Salían de mano hombres con hombres y mujeres con mujeres, hasta extranjeros. Olían a hierba, como a petate quemado, profirió la mujer.

Mientras esperaban la llegada del forense para el levantamiento de cadáveres, la fotógrafa tomó imágenes del exterior. La calle arbolada, uniformada con edificios amarillos de cuyas azotehuelas serpenteaban telas de colores, lograban distraerla de su ansiedad. En el camino no encontraron nada que pudiera llamar su atención. Algunos bares entreabiertos derramando agua jabonosa, vendedores ambulantes, una tienda de abarrotes vacía en la esquina.

Cuando llegaron a la oficina la fotógrafa se sintió mareada, con nauseas, pálida y temblorosa pidió permiso para retirarse. A últimas fechas decía que no le hacía bien estar en la escena del crimen, eso la ponía mal debido a que estaba desarrollando fobia a la sangre, afirmación que sostenía aun sin tener diagnóstico médico. Los síntomas disimulaban el origen de su nerviosismo.

Salió a esperar a un taxi. Le urgía avisar al “Cubano”. La botella de cerveza en la habitación abriría una línea de investigación hacia personas de esa nacionalidad, hasta llegar a desmantelar la red de pornografía para la cual ella se desempeñaba en lo mejor que sabía hacer: tomar fotografías.

lunes, 24 de septiembre de 2018

Se siente frío por Arturo Méndez Licón





Tres componentes automotrices permanecían relegados, el lector de la pantalla decía stand by en letras verdes.

    A Bety le explicaron en la capacitación que eso quería decir “en espera”, pulsantes aparecían las letras en el tablero de su mesa de trabajo y seguido de esto se leía en letras rojas permanentes rejected (rechazado), que se mostraban automáticamente por el control de calidad del sistema computarizado del módulo que ella armaba una y otra vez, sin éxito.

    El producto que en esa maquiladora fronteriza de Ciudad Juárez se elaboraba, eran arneses automotrices para una marca de autos japoneses.

    Le preocupaba mucho a Bety ser sustituida; es tan devaluada la mano de obra en estos empleos, que fácilmente podía ser prescindible. En su anterior trabajo como sirvienta en una casa familiar, no le ofrecían las prestaciones de ley que en esta maquiladora le otorgaban, aun siendo contrato eventual mañosamente elaborado a favor de la empresa.

    La escasa preparación con la que ella contaba se reducía a labores domésticas y la actual capacitación de la maquila recibida para realizar este trabajo, al que por el momento parecía no tener la habilidad requerida; y no quería perder esa fuente de ingreso.

    Sintió escalofrío y se advirtió observada, ¿por una supervisora?, ella pensó lo peor.
    –¿Qué pasa, compañera? –preguntó la chica amablemente, vestida con su uniforme: una bata de color gris. La temperatura bajó exageradamente, Bety trató de darse calor al cuerpo con sus brazos cruzados sobre el pecho.
    –¡Ay!, no sé –exclamó –, lo he intentado paso a paso, pero llevo tres módulos rechazados y éste será el cuarto –dijo Beatriz quejándose.
   –Déjame ver, recorramos tu ruta, oprime el cero, ¡mira!, aquí está la falla, es sólo oprimir el cero, mantenerlo un rato, cerrar la cápsula y reiniciar –dijo Nancy.
    –Te juro que ya lo había hecho –replicó Bety.
    –Mira –le confesó en secreto la chica de bata gris –a veces, creo que desde el sistema central hacen estos bloqueos a propósito, para luego llamarte a la administración con otros fines, pero no lo podemos comprobar.
    –Cómo te lo agradezco compañera, necesito tanto el trabajo, entre mi mamá y yo mantenemos la casa, bueno, si se puede decir casa en donde vivimos con mis tres hermanitos.
    –Sí, te comprendo, así estamos todas, pero a veces la preocupación nos pone tensas y nerviosas y no vemos o entendemos, más allá de… –la chica se interrumpió tocándose la nariz, como un gesto significativo.
    –¿Cómo hablas? Y ¿Cómo sabes?, pareces muy experimentada a tu edad –comentó Bety.
    –Gracias, mira entré aquí a la edad de trece años falsificando mi identidad, al igual que otras más; hemos alterado nuestra acta de nacimiento para ser admitidas. Los administradores saben que mentimos, fingen no ser rigurosos en esta situación, aprovechándose de eso para disolver cualquier exigencia de nuestra parte hacia la empresa. Prefieren que seamos jóvenes y pobres; y así estamos con el temor de perder nuestro trabajo con base en el delito de haber alterado el acta de nacimiento; entre más calladitos, mejor para ellos, les conviene que estemos así, soportando la explotación laboral entre otras cosas.
    –¿Cómo te llamas? –Preguntó Bety – No traes gafete.
    –Nancy Villalba López, tengo diecinueve años.
    –Yo soy Beatriz Sisniega Molina y, la verdad, no soy mayor de edad, tengo quince años. Por eso y por tu ayuda me siento muy identificada contigo.
    –Gracias por tu confianza –le contestó Nancy –, bueno, nos veremos pronto por aquí en este mar de almas –refiriéndose a las cientos de operadoras existentes.
  
  Se dieron un beso, y se despidieron.

    Beatriz era de origen colombiano, nacida en Ciudad Juárez como tantas familias de población flotante, que se quedan atoradas en la frontera sin alcanzar “el sueño americano”. De su padre no sabían nada, al parecer, estaba desaparecido; años atrás un día salió de casa, quizá nadando por el río Bravo con la intención de cruzar o se enroló en una de las tentadoras trampas que la ciudad ofrece; drogas, prostitución, la más fácil manera de perder la libertad o la vida.


    Una mañana, a la entrada, afuera de la maquiladora, se encontraba un grupo de madres activistas, invitando a una manifestación: una gran marcha en caravana hasta la ciudad de Chihuahua para hacer un plantón frente a Palacio de Gobierno ante la pasividad de las autoridades para esclarecer el fenómeno feminicida serial: desaparecidas y encontradas muertas con extrema violencia.
  
  Bety observaba las pancartas en las que se leía: “Ni una más”, “Huesos en el desierto”, “Regreso a casa”, “Queremos a nuestras hijas vivas”.

    Hacía frío; se incrementó la sensación de la baja temperatura.

    –Hola, compañerita –se acercó a Bety, Nancy Villalba, y le preguntó –, ¿nos acompañarás? Habrá transporte, llevaremos sodas y burritos, el lunes 21 de marzo, lo aprovechamos y regresamos el martes, se quedará una guardia de protesta permanente frente a palacio.
    –Creo que sí, déjame ver –dijo Beatriz –le tengo que decir a mi mamá, te confirmo mañana, ¿sí?
   –Ok.

Ese mismo día, el egipcio Abdel Latif Shariff, hedonista, depredador y compulsivo sexual, venía cruzando la línea de El Paso Texas a Ciudad Juárez, por el puente Zaragoza; manejaba el lujoso auto su chofer y amigo “el Tolteca”, así se refería a su cómplice. Venían por “carne fresca”, sería una vez más el mismo perfil de todas las víctimas: jovencitas que parecieran egipcias, ojos y pelo negro, menuditas, morenas y pobres, esto facilitaba la “caza”.

    El egipcio ofrecía por cada presa mil dólares a pandilleros, choferes y policías, entre otros. El contubernio con las autoridades que recibían su especial pago, le cobijaban con absoluta seguridad en su cacería por el safari juarense.

    El mismo gobernador en turno, incompetente ante el caso, declaró “Es una mafia impenetrable”.

    Simultáneamente se oía el silbido de salida de turno de las operadoras de las maquilas.

    Bety y otras más salieron, tomaron el transporte que la empresa les ofrecía; las dejaba en diferentes rumbos, solicitados por cada una, para luego tomar su destino en otro camión o “rutera” de regreso a casa. Ella y otras bajaron en una parada de autobús, a la hora que el cielo comenzaba a teñirse de rojo.

    –Mira, Tolteca, ahí está una “conejita” –le dijo Shariff –dame el trapo con el cloroformo.

    Acercando el auto muy próximo a Bety; el egipcio, fingió preguntarle algo: ¿Do you know where is…? le dijo a la incauta jovencita, que sintió en ese momento un exagerado escalofrío recorrer su cuerpo, seguido de un poderoso jalón en sentido contrario al depredador que la acechaba.

    Con gran sorpresa Bety se percató que la acción provenía de su compañerita Nancy Villalba; sonriéndole ésta le dijo.

    –Compañerita si no te jalo, casi te atropellan estos pinches gringos.

Bety observaba cómo se alejaba el auto, en ese momento no comprendía aún la ruin intención de ellos, fue tan rápido y tan extraño todo…

    –Bueno –dijo Nancy –ahí viene mi camión, nos veremos mañana. Sus palabras hicieron reaccionar a Bety sobre lo que hubiera ocurrido: su muerte.

    Al día siguiente por la mañana, afuera de la maquiladora, sobre una mesa plegable, estaba la lista de las anotadas al viaje de la gran marcha programada a la capital, por supuesto que Bety se agregaría, venía con una nueva conciencia, después de lo ocurrido había nacido en ella un sentimiento de lucha y valentía. Muchas fotos de desaparecidas y jóvenes asesinadas estaban sobre la mesa. Con curiosidad y pena, ella comenzó a hojear las fotocopias; un frío invadió su cuerpo, no lo podía creer, estaba ante la fotografía de su amiga y protectora: Nancy Villalba López, se leía al pie de la foto; jovencita de trece años, violada, torturada y asesinada; encontrada en Palos Altos seis años atrás.

martes, 4 de septiembre de 2018

La mujer de la moto por Jorge Luis González






Regreso a ese otro tiempo en mi mente por momentos, y me digo: estuvo bien y estaré bien, pero, por lo que observo, me encuentro en algún hospital; entretanto, la vida prosigue y aquí adentro nada pasa.

Recorría la avenida rumbo al trabajo, de pronto, vi como una moto proveniente de una calle trasversal invadió primero el carril izquierdo, de súbito cambió al derecho, mismo que daba a la banqueta, y justo delante de mi auto. Eran dos ocupantes. Una escena típica de un domingo por la tarde, donde la mujer va detrás con unos jeans que se ve le gusta lucirlos por lo ajustados. Sin embargo, en esta ocasión ambos ocupantes de la moto iban encapuchados. Redujeron la velocidad al tiempo que otra mujer con su carriola caminaba por la acera. Entonces, la ocupante de la moto, la de los jeans, se inclinó de su lado derecho, lo necesario como para, con un esfuerzo adicional, levantar incluso un billete del piso. Estaba muy cerca de la mujer de la carriola, quien al caminar le daba la espalda. Luego, el resto ocurrió demasiado rápido. Lo único que no logro recordar, es en qué momento apreté el acelerador de mi auto hasta el fondo.

Mientras la vida continúa, todo pasa allá afuera, y yo sigo en este hospital. Por momentos, en mi mente, regreso a ese otro tiempo preguntándome: si el bebé sigue vivo y con su madre; si los secuestradores murieron o estarán allá afuera esperándome; si todo en realidad sucedió o sólo fue un sueño pasajero cuyo héroe soy yo. Pues dicen: después de un coma, la mente suele confundir la imaginación con los recuerdos de lo vivido.


lunes, 6 de agosto de 2018

Presa desbordada por Airee Corlop





La encontraron sollozando. Había sido hallada al borde de su cama de holanes rosas. Los vecinos llamaron a la policía después de los chillidos y gritos que escaparon por las ventanas.

Marcas rojas delineaban el cuello, hombros, brazos y muñecas y una quemadura le fue impresa en la espalda. Fue imposible saber cuánto tiempo llevaba en esa posición con las piernas contraídas y el vestido rojo desgarrado. Incapaz de articular una palabra, tapaba su rostro con las manos, pero las lágrimas se le escapaban entre los dedos como presa que se desborda.

Intentaba guardar silencio porque ella era la culpable de todo: una mujer provocadora.
Esa tarde ella tuvo que ser cargada para ser conducida al hospital. Los paramédicos pasaron por encima de una lámpara rota, un oso de peluche y maquillaje de fantasía desmoronado en el suelo que simulaba un arcoíris difuminado

Esa tarde la encontraron con el vestido rojo, el maquillaje corrido y las palmas de las manos húmedas. Unas manos diminutas y una espalda diminuta donde un sol ardiente que no pidió se le dibujaba por ser provocadora y no aceptar las consecuencias de sus actos.

Su cuerpo era frágil y el vestido rojo estaba húmedo, orinado por el miedo. Esa tarde fue revisada por los médicos y encontraron no solo marcas externas sino internas, con cura física, pero no mental.
Ella había sido desgarrada y humillada porque lo merecía. Eso le habían dicho durante todo el acto forzado.

Después de tres días pudo hablar. Ya no tenía puesto el vestido rojo, ni las sombras de fantasía, ni todo lo que le había robado a su madre. Ahora lloraba en una habitación fría y azulada, con jirafas, elefantes y monos tapizando las paredes, esos adornos que colocan en los hospitales para amenizar algunas de las habitaciones del lugar.

Una tarde de hace tres días la niña se había convertido en una mujer, eso le dijo su padrastro. Una mujer porque las niñas no usan vestidos provocativos, una mujer porque las niñas no se maquillan y no se pintan los labios, una mujer porque las niñas no se ponen todas esas cosas para jugar con sus muñecas, le dijo su padrastro cuando la tomó en brazos e intentó arrancarle el vestido y ella trató de escapar y terminó siendo atada. Eso sólo lo hacen las mujeres, para provocar a hombres como él, recordaba la niña.

La madre no creía nada de todo aquello, aunque el padrastro ya estaba siendo investigado.

Después de tres días, la niña de diez años había dejado de ser niña para convertirse en mujer.  Era su culpa, toda su culpa. Mencionó la niña entre sollozos cuando una trabajadora social le hacía preguntas. La mujer confundida miró a la niña queriendo saber por qué se culpaba, a lo que ella respondió que las niñas no deben jugar a ser mayores. Cubrió el rostro y la presa se desbordó una vez más.

lunes, 26 de febrero de 2018

Inauguración de nuestro canal de YouTube

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Lo estamos inaugurando con el video en que nuestra presidenta emérita, Martha Cerda, está narrando dos de sus cuentos: Inventario y Reconciliación.