Censura y Autocensura

Encuentro de escritroras latinoamericanas

Galería Tokiota

Congreso Mundial Pen en Tokio 2010

Encuentro de Minificción

"Raúl Aceves 2017".

Crónicas de Brandenburgo

Viajar es como soñar en un sueño.

martes, 9 de octubre de 2018

Hemofobia por Aída López Sosa




Cuatro pies entrelazados, las uñas esmaltadas en morado y negro, era lo único que sobresalía de entre las sábanas color bermellón. En la habitación recién iluminada por la aurora, dos mujeres, una a un lado de la otra, sin visibles marcas de violencia, permanecían silenciosas, como dormidas, aunque los que estaban ahí las sabían muertas. Cualquiera podría imaginar que reposaban después de horas de orgasmos; la lente no alcanzaba a ver la diferencia entre estos y la muerte. Los agentes escudriñaron los cuatro metros cuadrados de paredes blancas y alfombra vetusta apenas decoradas con el poster de un grupo desconocido de rock. Registraron cada detalle, el más mínimo podría servir para esclarecer los hechos. El sol había comenzado a hacer sus primeros estragos, el bermellón ahora candente ofuscaba las pupilas que poco a poco iban cediendo al exceso de claridad. Claridad que necesitaban para encontrar las pistas que los llevarían a resolver el crimen, suicidio o lo que fuera.

La fotógrafa sacó de su bolsa un par de guantes blancos y se los colocó en sus manos temblorosas, mismos que enseguida absorbieron el sudor destilante. Destapó los cuerpos. Parecía que tenían un acuerdo entre ellos, estaban cuidadosamente acomodados, los brazos de ambas estaban cruzados tocando el sexo de la otra, los dedos de una se perdían entre el vello púbico de la otra. Ambos tatuados, perforados, escuálidos y descuidados, dificultaban calcular las edades. Una era visiblemente mayor que la otra. Después enfocó con temor la lente hacia el único buró que se encontraba al lado izquierdo de la cama. Encima estaban dos copas vacías, una botella a medio terminar de cerveza Palma Cristal, un cenicero con seis colillas de Benson mentolados y junto a este una cajetilla con aún tres cigarros sin fumar; hojas de papel arroz y una pequeña libreta parecida a un directorio. En el piso entre la cama y el buró, un calcetín de hombre al revés.

Posterior al recuento de los hechos, acordonaron el sitio y el equipo de investigación bajó del cuarto piso en busca de la salida. Una voz de mujer blasfemó desde el interior de uno de los departamentos cuando los vio pasar: Así tenían que acabar, acotó sentenciosa, siempre lo dije, ese tipo de cosas que no son de Dios, tarde que temprano son castigadas. Eso de meterse entre mujeres es del Diablo y peor aun cuando se meten entre varios. El Ministerio Público aprovechó la lengua suelta de la mujer, la dejó hablar mientras le hacía preguntas, mismas que eran respondidas a borbotones: verá, varios vecinos ya se lo habíamos dicho al dueño que no debía rentarle a putas o maricones, menos a lesbianas, o a drogadictos, pero con tal de cobrar su renta no le importó, ahora a ver cómo sale de este lío. ¿Usted vio algo raro anoche?, preguntó un agente, pues raro todo desde que se cambiaron hace tres meses. Salían de mano hombres con hombres y mujeres con mujeres, hasta extranjeros. Olían a hierba, como a petate quemado, profirió la mujer.

Mientras esperaban la llegada del forense para el levantamiento de cadáveres, la fotógrafa tomó imágenes del exterior. La calle arbolada, uniformada con edificios amarillos de cuyas azotehuelas serpenteaban telas de colores, lograban distraerla de su ansiedad. En el camino no encontraron nada que pudiera llamar su atención. Algunos bares entreabiertos derramando agua jabonosa, vendedores ambulantes, una tienda de abarrotes vacía en la esquina.

Cuando llegaron a la oficina la fotógrafa se sintió mareada, con nauseas, pálida y temblorosa pidió permiso para retirarse. A últimas fechas decía que no le hacía bien estar en la escena del crimen, eso la ponía mal debido a que estaba desarrollando fobia a la sangre, afirmación que sostenía aun sin tener diagnóstico médico. Los síntomas disimulaban el origen de su nerviosismo.

Salió a esperar a un taxi. Le urgía avisar al “Cubano”. La botella de cerveza en la habitación abriría una línea de investigación hacia personas de esa nacionalidad, hasta llegar a desmantelar la red de pornografía para la cual ella se desempeñaba en lo mejor que sabía hacer: tomar fotografías.

lunes, 24 de septiembre de 2018

Se siente frío por Arturo Méndez Licón





Tres componentes automotrices permanecían relegados, el lector de la pantalla decía stand by en letras verdes.

    A Bety le explicaron en la capacitación que eso quería decir “en espera”, pulsantes aparecían las letras en el tablero de su mesa de trabajo y seguido de esto se leía en letras rojas permanentes rejected (rechazado), que se mostraban automáticamente por el control de calidad del sistema computarizado del módulo que ella armaba una y otra vez, sin éxito.

    El producto que en esa maquiladora fronteriza de Ciudad Juárez se elaboraba, eran arneses automotrices para una marca de autos japoneses.

    Le preocupaba mucho a Bety ser sustituida; es tan devaluada la mano de obra en estos empleos, que fácilmente podía ser prescindible. En su anterior trabajo como sirvienta en una casa familiar, no le ofrecían las prestaciones de ley que en esta maquiladora le otorgaban, aun siendo contrato eventual mañosamente elaborado a favor de la empresa.

    La escasa preparación con la que ella contaba se reducía a labores domésticas y la actual capacitación de la maquila recibida para realizar este trabajo, al que por el momento parecía no tener la habilidad requerida; y no quería perder esa fuente de ingreso.

    Sintió escalofrío y se advirtió observada, ¿por una supervisora?, ella pensó lo peor.
    –¿Qué pasa, compañera? –preguntó la chica amablemente, vestida con su uniforme: una bata de color gris. La temperatura bajó exageradamente, Bety trató de darse calor al cuerpo con sus brazos cruzados sobre el pecho.
    –¡Ay!, no sé –exclamó –, lo he intentado paso a paso, pero llevo tres módulos rechazados y éste será el cuarto –dijo Beatriz quejándose.
   –Déjame ver, recorramos tu ruta, oprime el cero, ¡mira!, aquí está la falla, es sólo oprimir el cero, mantenerlo un rato, cerrar la cápsula y reiniciar –dijo Nancy.
    –Te juro que ya lo había hecho –replicó Bety.
    –Mira –le confesó en secreto la chica de bata gris –a veces, creo que desde el sistema central hacen estos bloqueos a propósito, para luego llamarte a la administración con otros fines, pero no lo podemos comprobar.
    –Cómo te lo agradezco compañera, necesito tanto el trabajo, entre mi mamá y yo mantenemos la casa, bueno, si se puede decir casa en donde vivimos con mis tres hermanitos.
    –Sí, te comprendo, así estamos todas, pero a veces la preocupación nos pone tensas y nerviosas y no vemos o entendemos, más allá de… –la chica se interrumpió tocándose la nariz, como un gesto significativo.
    –¿Cómo hablas? Y ¿Cómo sabes?, pareces muy experimentada a tu edad –comentó Bety.
    –Gracias, mira entré aquí a la edad de trece años falsificando mi identidad, al igual que otras más; hemos alterado nuestra acta de nacimiento para ser admitidas. Los administradores saben que mentimos, fingen no ser rigurosos en esta situación, aprovechándose de eso para disolver cualquier exigencia de nuestra parte hacia la empresa. Prefieren que seamos jóvenes y pobres; y así estamos con el temor de perder nuestro trabajo con base en el delito de haber alterado el acta de nacimiento; entre más calladitos, mejor para ellos, les conviene que estemos así, soportando la explotación laboral entre otras cosas.
    –¿Cómo te llamas? –Preguntó Bety – No traes gafete.
    –Nancy Villalba López, tengo diecinueve años.
    –Yo soy Beatriz Sisniega Molina y, la verdad, no soy mayor de edad, tengo quince años. Por eso y por tu ayuda me siento muy identificada contigo.
    –Gracias por tu confianza –le contestó Nancy –, bueno, nos veremos pronto por aquí en este mar de almas –refiriéndose a las cientos de operadoras existentes.
  
  Se dieron un beso, y se despidieron.

    Beatriz era de origen colombiano, nacida en Ciudad Juárez como tantas familias de población flotante, que se quedan atoradas en la frontera sin alcanzar “el sueño americano”. De su padre no sabían nada, al parecer, estaba desaparecido; años atrás un día salió de casa, quizá nadando por el río Bravo con la intención de cruzar o se enroló en una de las tentadoras trampas que la ciudad ofrece; drogas, prostitución, la más fácil manera de perder la libertad o la vida.


    Una mañana, a la entrada, afuera de la maquiladora, se encontraba un grupo de madres activistas, invitando a una manifestación: una gran marcha en caravana hasta la ciudad de Chihuahua para hacer un plantón frente a Palacio de Gobierno ante la pasividad de las autoridades para esclarecer el fenómeno feminicida serial: desaparecidas y encontradas muertas con extrema violencia.
  
  Bety observaba las pancartas en las que se leía: “Ni una más”, “Huesos en el desierto”, “Regreso a casa”, “Queremos a nuestras hijas vivas”.

    Hacía frío; se incrementó la sensación de la baja temperatura.

    –Hola, compañerita –se acercó a Bety, Nancy Villalba, y le preguntó –, ¿nos acompañarás? Habrá transporte, llevaremos sodas y burritos, el lunes 21 de marzo, lo aprovechamos y regresamos el martes, se quedará una guardia de protesta permanente frente a palacio.
    –Creo que sí, déjame ver –dijo Beatriz –le tengo que decir a mi mamá, te confirmo mañana, ¿sí?
   –Ok.

Ese mismo día, el egipcio Abdel Latif Shariff, hedonista, depredador y compulsivo sexual, venía cruzando la línea de El Paso Texas a Ciudad Juárez, por el puente Zaragoza; manejaba el lujoso auto su chofer y amigo “el Tolteca”, así se refería a su cómplice. Venían por “carne fresca”, sería una vez más el mismo perfil de todas las víctimas: jovencitas que parecieran egipcias, ojos y pelo negro, menuditas, morenas y pobres, esto facilitaba la “caza”.

    El egipcio ofrecía por cada presa mil dólares a pandilleros, choferes y policías, entre otros. El contubernio con las autoridades que recibían su especial pago, le cobijaban con absoluta seguridad en su cacería por el safari juarense.

    El mismo gobernador en turno, incompetente ante el caso, declaró “Es una mafia impenetrable”.

    Simultáneamente se oía el silbido de salida de turno de las operadoras de las maquilas.

    Bety y otras más salieron, tomaron el transporte que la empresa les ofrecía; las dejaba en diferentes rumbos, solicitados por cada una, para luego tomar su destino en otro camión o “rutera” de regreso a casa. Ella y otras bajaron en una parada de autobús, a la hora que el cielo comenzaba a teñirse de rojo.

    –Mira, Tolteca, ahí está una “conejita” –le dijo Shariff –dame el trapo con el cloroformo.

    Acercando el auto muy próximo a Bety; el egipcio, fingió preguntarle algo: ¿Do you know where is…? le dijo a la incauta jovencita, que sintió en ese momento un exagerado escalofrío recorrer su cuerpo, seguido de un poderoso jalón en sentido contrario al depredador que la acechaba.

    Con gran sorpresa Bety se percató que la acción provenía de su compañerita Nancy Villalba; sonriéndole ésta le dijo.

    –Compañerita si no te jalo, casi te atropellan estos pinches gringos.

Bety observaba cómo se alejaba el auto, en ese momento no comprendía aún la ruin intención de ellos, fue tan rápido y tan extraño todo…

    –Bueno –dijo Nancy –ahí viene mi camión, nos veremos mañana. Sus palabras hicieron reaccionar a Bety sobre lo que hubiera ocurrido: su muerte.

    Al día siguiente por la mañana, afuera de la maquiladora, sobre una mesa plegable, estaba la lista de las anotadas al viaje de la gran marcha programada a la capital, por supuesto que Bety se agregaría, venía con una nueva conciencia, después de lo ocurrido había nacido en ella un sentimiento de lucha y valentía. Muchas fotos de desaparecidas y jóvenes asesinadas estaban sobre la mesa. Con curiosidad y pena, ella comenzó a hojear las fotocopias; un frío invadió su cuerpo, no lo podía creer, estaba ante la fotografía de su amiga y protectora: Nancy Villalba López, se leía al pie de la foto; jovencita de trece años, violada, torturada y asesinada; encontrada en Palos Altos seis años atrás.

martes, 4 de septiembre de 2018

La mujer de la moto por Jorge Luis González






Regreso a ese otro tiempo en mi mente por momentos, y me digo: estuvo bien y estaré bien, pero, por lo que observo, me encuentro en algún hospital; entretanto, la vida prosigue y aquí adentro nada pasa.

Recorría la avenida rumbo al trabajo, de pronto, vi como una moto proveniente de una calle trasversal invadió primero el carril izquierdo, de súbito cambió al derecho, mismo que daba a la banqueta, y justo delante de mi auto. Eran dos ocupantes. Una escena típica de un domingo por la tarde, donde la mujer va detrás con unos jeans que se ve le gusta lucirlos por lo ajustados. Sin embargo, en esta ocasión ambos ocupantes de la moto iban encapuchados. Redujeron la velocidad al tiempo que otra mujer con su carriola caminaba por la acera. Entonces, la ocupante de la moto, la de los jeans, se inclinó de su lado derecho, lo necesario como para, con un esfuerzo adicional, levantar incluso un billete del piso. Estaba muy cerca de la mujer de la carriola, quien al caminar le daba la espalda. Luego, el resto ocurrió demasiado rápido. Lo único que no logro recordar, es en qué momento apreté el acelerador de mi auto hasta el fondo.

Mientras la vida continúa, todo pasa allá afuera, y yo sigo en este hospital. Por momentos, en mi mente, regreso a ese otro tiempo preguntándome: si el bebé sigue vivo y con su madre; si los secuestradores murieron o estarán allá afuera esperándome; si todo en realidad sucedió o sólo fue un sueño pasajero cuyo héroe soy yo. Pues dicen: después de un coma, la mente suele confundir la imaginación con los recuerdos de lo vivido.


lunes, 6 de agosto de 2018

Presa desbordada por Airee Corlop





La encontraron sollozando. Había sido hallada al borde de su cama de holanes rosas. Los vecinos llamaron a la policía después de los chillidos y gritos que escaparon por las ventanas.

Marcas rojas delineaban el cuello, hombros, brazos y muñecas y una quemadura le fue impresa en la espalda. Fue imposible saber cuánto tiempo llevaba en esa posición con las piernas contraídas y el vestido rojo desgarrado. Incapaz de articular una palabra, tapaba su rostro con las manos, pero las lágrimas se le escapaban entre los dedos como presa que se desborda.

Intentaba guardar silencio porque ella era la culpable de todo: una mujer provocadora.
Esa tarde ella tuvo que ser cargada para ser conducida al hospital. Los paramédicos pasaron por encima de una lámpara rota, un oso de peluche y maquillaje de fantasía desmoronado en el suelo que simulaba un arcoíris difuminado

Esa tarde la encontraron con el vestido rojo, el maquillaje corrido y las palmas de las manos húmedas. Unas manos diminutas y una espalda diminuta donde un sol ardiente que no pidió se le dibujaba por ser provocadora y no aceptar las consecuencias de sus actos.

Su cuerpo era frágil y el vestido rojo estaba húmedo, orinado por el miedo. Esa tarde fue revisada por los médicos y encontraron no solo marcas externas sino internas, con cura física, pero no mental.
Ella había sido desgarrada y humillada porque lo merecía. Eso le habían dicho durante todo el acto forzado.

Después de tres días pudo hablar. Ya no tenía puesto el vestido rojo, ni las sombras de fantasía, ni todo lo que le había robado a su madre. Ahora lloraba en una habitación fría y azulada, con jirafas, elefantes y monos tapizando las paredes, esos adornos que colocan en los hospitales para amenizar algunas de las habitaciones del lugar.

Una tarde de hace tres días la niña se había convertido en una mujer, eso le dijo su padrastro. Una mujer porque las niñas no usan vestidos provocativos, una mujer porque las niñas no se maquillan y no se pintan los labios, una mujer porque las niñas no se ponen todas esas cosas para jugar con sus muñecas, le dijo su padrastro cuando la tomó en brazos e intentó arrancarle el vestido y ella trató de escapar y terminó siendo atada. Eso sólo lo hacen las mujeres, para provocar a hombres como él, recordaba la niña.

La madre no creía nada de todo aquello, aunque el padrastro ya estaba siendo investigado.

Después de tres días, la niña de diez años había dejado de ser niña para convertirse en mujer.  Era su culpa, toda su culpa. Mencionó la niña entre sollozos cuando una trabajadora social le hacía preguntas. La mujer confundida miró a la niña queriendo saber por qué se culpaba, a lo que ella respondió que las niñas no deben jugar a ser mayores. Cubrió el rostro y la presa se desbordó una vez más.

lunes, 26 de febrero de 2018

Inauguración de nuestro canal de YouTube

Les invitamos a nuestro canal de YouTube


Lo estamos inaugurando con el video en que nuestra presidenta emérita, Martha Cerda, está narrando dos de sus cuentos: Inventario y Reconciliación.

martes, 16 de mayo de 2017

Adiós a Javier Valdez


El día de ayer 15 de mayo, el periodista Javier Valdez fue asesinado.

A las 12 del día, en Culiacán, Javier Valdez fue detenido por un individuo armado que lo despojó de su carro y después le disparó en repetidas ocasiones.

Él trabajaba para el semanario local Rio Doce, mismo del que era fundador, así como también era corresponsal para La Jornada.

Javier Valdez, el año pasado publicó el  libro “Narcoperiodismo: La prensa en medio del crimen y la denuncia”, donde relata distintas historias de periodistas asesinados por el crimen organizado,  la relación con la impunidad y asuntos sobre la libertad de Expresión.

Javier Valdez, se une a la lamentable lista de escritores, fotógrafos y periodistas que han desaparecido o han sido asesinados en el país.



El PEN Internacional centro Guadalajara se une a la indignación y a las protestas que el resto de medios informativos están realizando, para exigirle a las autoridades resultados, un día de luto nacional y en un grito unánime decimos #NiUnoMás. 

miércoles, 29 de marzo de 2017

Encuentro de Minificción "Raúl Aceves 2017"

El pasado sábado 25 de marzo, se llevó a cabo el primer Encuentro de Minificción “Raúl Aceves”, evento realizado en conjunto con el Seminario de Cultura Mexicana corresponsalía Guadalajara, la Escuela de Escritores Sogem Guadalajara, el Cuerpo Académico UdG 740 y editorial La Zonámbula.

En el encuentro participaron 20 autores, quienes compartieron sus minificciones con el público asistente. En cuatro mesas, que tuvieron distintos moderadores.

El jurado, por voto unánime declaró ganadora a Crista Aún, quien se llevó el premio y hubo una mención de Miguel Ángel Gómez. 

Agradecemos a Elesbaán Castros, por las fotografías.