Censura y Autocensura

Encuentro de escritroras latinoamericanas

Galería Tokiota

Congreso Mundial Pen en Tokio 2010

Encuentro de Minificción

"Raúl Aceves 2017".

Crónicas de Brandenburgo

Viajar es como soñar en un sueño.

jueves, 17 de diciembre de 2020

Un disfraz para Roberto por Alejandra Maraveles

 



Sábado en la tarde, ojalá fuera tan divertido como lo hacían sonar el resto, me daba dolor de cabeza tan sólo abrir Facebook, allí estaba el aviso que ya me conocía de memoria «Roberto tienes notificaciones», entre las que encontré desde temprano esas fotos, imbécil Pedro que me dijo que no iba a hacer nada para su cumpleaños, el Jorge acababa de subir una foto, habían invitado a todos, bueno no a todos, a mí no me habían invitado.

Me dieron ganas de aventar la computadora, eran una bola de traidores, seguro se crearon un grupo en el que me excluyeron en Whatsapp, así hicieron planes sin que me diera cuenta. Era momento de buscarme nuevos amigos, o mejor dicho de buscarme unos verdaderos amigos.

Me levanté al escuchar ruidos, en el primer piso del edificio parecía que iban a dar una fiesta infantil, acababa de llegar una camioneta con un trampolín, la idea de soportar toda la tarde de gritos de niños, no me era para nada placentera.

Decidí ir a la cocina, me prepararía un sándwich o algo para comer. Mientras ponía las rebanadas de jamón sobre el pan, alcancé a escuchar el sonido de cuando alguien recibía un mail, «probablemente una cadena», me dije, pero la alarma volvió a sonar.

Me dirigí a la computadora, un mail, con el asunto en negritas resaltaba del resto: «Gran fiesta de disfraces», anunciaba. No parecía el típico «Spam», lo abrí con la curiosidad picando en mi dedo. Una imagen en rojo y negro llenó mi pantalla, los datos de la fiesta parpadeaban, estaba dirigido a un tal Luis, yo no me llamaba así, yo era Roberto, pero no me importaba, esa invitación era como un llamado a mi yo salvaje, a ése aburrido de pasar los sábados viendo televisión, a ése olvidado por los «amigos», a ése que tendría que aguantar gritos infantiles lo que restaba de la tarde.

Miré la dirección, la fecha y la hora, era para esa noche, eso me detuvo un momento; yo no era de los que planeaban mucho, pero tampoco de los que se iban a la aventura sin pensarlo dos veces. En ese momento una notificación con otra foto del cumpleaños de Pedro apareció en mi pantalla. Gruñí un poco, tal vez era el empujoncito que necesitaba para ir a la fiesta.

¿Disfraces decía, no?, entonces tenía que buscar algo con que ir, no podía vestirme de aburrido oficinista tipo Gódinez, de eso me vestía todos los días y de por sí ya era demasiado patético, tenía que ser algo genial, algo distinto. Pensé durante cerca de una hora, cada idea que llegaba a mi cabeza, la desechaba con la misma rapidez, tomaba en cuenta lo caro y lo accesible, y al parecer, no había un sólo disfraz que fuera barato, fácil de conseguir y mejor que la ropa que ya poseía.

¿Por qué me pasaba eso?, ¿cuándo me había convertido en este ser que contaba cada miserable peso?, ¿qué no se suponía que trabajaba, para no tener que pasar por esta situación?

Respiré profundo, no quería darles la razón a la bola de desagradecidos que estaban festejando el cumpleaños de Pedro, no que supiera lo que ellos pensaban, pero viendo los hechos y mi no—invitación a su celebración, podía suponer que ellos no tenían una buena opinión sobre mí. Y mi propia indecisión para escoger un disfraz adecuado, era prueba de ello. A veces pensaba que sólo me faltaba vivir en casa de mis padres con cero independencia para ser el epítome de los fracasados.

Me asomé por la ventana, los chiquillos del departamento dos, ya brincaban ruidosamente sobre el trampolín, una camioneta tipo van se acercó, «más mocosos, pensé», en lugar de regresar a mi cuarto, seguí mirando, un payaso alto y obeso salió de la parte trasera.

—Ése es un buen disfraz —me dije.

Como si esa fuera una señal del cielo, bajé las escaleras rápidamente, unos diez minutos de espera serían suficientes para poder colarme dentro de la vieja van, y «tomar prestado», un traje de payaso, aunque tenía que admitirlo, no era algo genial, aun así, no me quitaba la sensación de estar dentro de una película

de acción.

—Tú puedes Roberto —mencioné en voz baja.

El chofer recibió una llamada a su celular, el payaso no se veía cerca, era el momento apropiado, me deslicé dentro de la van, el lugar apestaba a mugre, sudor, comida vieja y algo que no pude detectar. Había varias cajas amontonadas, distinguí un tubo de maquillaje blanco. A la izquierda de las cajas estaba un rack con media docena de trajes de payaso. Observé encima de mi hombro, nadie estaba allí, nadie me miraba, si iba a hacerlo, era el momento, no podía retrasarlo más.

Uno… tomé el traje y el maquillaje, dos… miré por la ventanilla, el chofer seguía en el teléfono, tres… abrí la puerta de la van, cuatro… salí corriendo lo más rápido que me permitieron mis pies, cinco… llegué al rellano de la escalera, seis… subí las escaleras con lo que me quedaba de aliento, siete… llegué a mi departamento, ocho… me dejé caer en el piso.

Una vez que respiré con normalidad, vi mi recién adquirido disfraz, estaba envuelto en plástico, vi la nota de la tintorería, al menos estaba limpio. Un ligero pinchazo de culpa me pegó por un segundo, pero no era como si lo fuera a robar, lo usaría y lo llevaría a esa tintorería, así lo tendrían de regreso. Yo no era un patán, tomar el traje, era un caso de extrema necesidad.

Regresé a la computadora, anoté la dirección en la agenda de mi celular, la fiesta empezaba en tres horas, entonces recordé que no había terminado mi sándwich, con la emoción corriendo por mis venas, fui a la cocina, comí y después tomé un baño, cuando salí, vi casi veinte notificaciones de Facebook, la mitad con más fotos de la fiesta de Pedro. Apagué el aparato, al tiempo que torcía la boca, no me iba a desanimar por lo que ellos hicieran o dejaran de hacer, tenía una misión en puerta; todavía tenía que pintarme la cara antes de ir a mi fiesta de disfraces. Les iba a demostrar a esa bola de estúpidos quién era, alguien audaz, un verdadero amante de la improvisación.

Me maquillé lo mejor que pude, terminé de vestirme y me vi en el espejo, realmente distaba de ser un disfraz genial, sin embargo, había pasado por mucho para conseguirlo, salí de mi departamento dispuesto a la aventura, a la diversión a todo aquello que representaba a alguien distinto a mí.

Estaba por llegar a mi carro, cuando la mujer que vivía en el dos, me alcanzó.

—¡Qué bueno que sí pudo mandar a alguien más!

—¿Perdón?

—Sí, sé que sólo había pagado por una hora, pero vea… los niños apenas están llegando, me dijo que iban a verificar si podían mandar a alguien. Me alegra ver que lo mandaron. No debe hacer mucho, sólo póngalos a jugar, sólo por un rato…

La mujer me miraba con la desesperación marcada en sus ojos.

—Vamos, le pagaré el doble…

Discretamente vi la hora, ya debía salir, la fiesta ya había empezado.

—Si quiere, se los doy por adelantado —la mujer se acercó y me dio un sobre.

Lo abrí y dentro había cerca de tres mil pesos. Por un instante estuve a punto de ir en contra de la señora, decirle que me confundía, que yo era su vecino y que estaba vestido así para probar cosas nuevas, para ir a una fiesta a la que ni en mil años me habrían invitado.

—Vamos, no se quede allí, entre, que los niños están in-sopor-ta-bles.

Sin mucho pensarlo, estaba siguiendo a la vecina del departamento dos, y entonces lo supe, no iría a la fiesta de disfraces, con cada paso lo admitía, no era el hombre audaz que deseaba, no era arriesgado, ni aventurero, era un típico Godínez, que a duras penas podía pagar el lugar donde vivía, era un oficinista con un subsueldo, el cual tenía que contar cada centavo para poder subsistir; quien lo más arriesgado que había hecho en su vida, era robar el traje de payaso que llevaba puesto, no era elegante, ni gastaba mi quincena en una salida de viernes, era yo, Roberto, un fracasado… pero un fracasado que al final de la noche tendría tres mil pesos más en la bolsa.

jueves, 10 de diciembre de 2020

¡Maldita Venus! por Aida López

 

La última novia que tuve me abandonó cuando supo que no planeaba casarme pronto. Mis amigos tenían muchos problemas con las suyas y los que no, estaban depresivos en el mejor de los casos o con enfermedades venéreas. Estos pensamientos me asaltaban cada vez que me subía a mi coche para ir a alguna parte y veía parejas en los parques, sentados en un café o que simplemente iban caminando tomados de la mano.

En mis intentos desesperados por encontrar a alguien, me inscribí a varios portales de Internet en busca de una chica que tuviera un perfil semejante al mío; algunos sitios me daban la opción de especificar una lista de características deseables. Son maravillosos estos tiempos, pensaba.

Un día de ocio, caminando, pasé por una tienda que vendía juguetes sexuales, no tener pareja no impidió que entrara por curiosidad. Entre amigos siempre comentábamos de las últimas novedades; algunos eran verdaderos expertos. En un rincón del lugar me llamó la atención una muñeca inflable que estaba aislada, como sí no estuviera en venta, con un letrero que decía: «Malhecha».

Sin aguantarme la curiosidad volteé a preguntarle al chico que estaba en el mostrador si la muñeca estaba en venta, a lo que él me respondió que no, que por eso tenía el letrero de Malhecha, que estaba fallada. Cuando te dicen no a algo te encaprichas, así que insistí en que la quería comprar. El chico me miró extrañado y me dijo que no me la podía vender, porque luego iría a reclamar la falla. Fue cuando tomé conciencia de que no había preguntado cuál era el defecto; al hacerlo, el joven me respondió que no sabía, que el propietario de la tienda era quien revisaba la mercancía y por lo tanto desconocía por qué le había puesto Malhecha. Finalmente me retiré, acordando que regresaría al día siguiente para estar al tanto de la respuesta del dueño a mi intención de compra.

Toda la tarde y hasta dormirme no me pude sacar de la mente la palabra Malhecha, ¿quiénes están malhechos?, ¿yo, soy un malhecho?, ¿acaso todos estamos malhechos? Quizá yo era uno de ellos y por eso quería tener a la Malhecha conmigo. Ante tal posibilidad sentí temor de que esa obsesión de tener un inflable defectuoso fuera el síntoma de un trastorno y eso podría explicar, en parte, por qué me negaba al matrimonio. ¿Me estaría volviendo loco?

Al día siguiente, lo primero que hice después de tomarme un café, fue dirigirme al Sex Shop, si tenía suerte en pocas horas ya estaría «viviendo» con la Malhecha. Me reía de pensar en la cara de mis amigos cuando supieran de la muñeca inflable y de su nombre. Cuando entré a la tienda el chico me recibió con una sonrisa y me dijo: tiene suerte, la Malhecha es suya. ¡Ah!, pero antes debe firmar de conformidad con la mercancía que se está llevando, no se aceptan devoluciones por ninguna clase de falla. La única especificación es que cuando esté perdiendo volumen solo la puede inflar con su aliento.

Al momento que tomé la pluma para firmar, no pude evitar sentir que era como un matrimonio, yo que lo había evadido por tanto tiempo ahora me estaba «casando» con la Malhecha, solté una carcajada y leí en voz alta: no se aceptan devoluciones por ninguna falla. Si con esa firma la Malhecha era mía, pues firmaba.

La subí al carro y la Malhecha iba a mi lado de copiloto, en los altos las personas, desde sus vehículos, se me quedaban mirando, una sexagenaria hasta hizo la señal de la cruz cuando nos vio. Solo faltaba que me hubieran multado por llevar a la Malhecha conmigo.

Llegamos a mi apartamento y la coloqué en el sofá de la sala, luego vería dónde acomodarla. Extrañamente ese plástico yacente me hizo sentir acompañado. Observaría si la falla era que se le salía el aire, si era eso debía preparar mis pulmones para inflarla tantas veces como fuera necesario para conservarla.

Al día siguiente la Malhecha había perdido volumen, antes de irme a la escuela aspiré hondo y me dispuse a pasarle mi aliento para que volviera a ser la de antes; no sé cuántas mañanas tuve que hacer lo mismo hasta que una noche descubrí que entraba una luz violeta por la ventana, se posaba sobre la Malhecha y enseguida perdía volumen.

Desde esa noche, las siguientes ya nunca fueron igual. Me mantenía a la expectativa de la llegada de la intensa luz neón que desinflaba a mi Malhecha. Estaba desesperado, ansioso. ¿Esa sería la falla a la que se referían en la tienda? ¿Sabrían ellos de la luz neón?

Una noche encerré a la Malhecha en la bodega, ahí no había ventanas donde pudieran robarse el aire que la mantenía erguida. Cuál fue mi asombro cuando la fui a buscar a la mañana siguiente y estaba en el suelo como un pegote. Enseguida la recogí y le fui pasando mi aliento hasta que volvió a ser la misma.

Debía tomar medidas más drásticas para impedir el robo de su aire, mejor dicho de mi aliento. ¿Cómo podría denunciar esto? Entonces sí pensarían que estaba loco. Llegando la noche me mantendría alerta, entrada la madrugada, cuando la luz neón traspasara paredes, ventanas o lo que sea, abrazaría a la Malhecha y no permitiría que se llevaran nuestro hálito.

Eran las tres de la mañana cuando escuché un zumbido, del que no me había percatado antes, anunciando la llegada de la luz infernal. Me levanté de la cama y abracé a la Malhecha, sentí que la luz nos absorbió con tal fuerza que no supe cómo aparecimos en un lugar impregnado de luz violeta. La visión no alcanzaba a más de un metro, por el intenso resplandor.

La Malhecha y yo continuábamos abrazados. Entre el resplandor podía vislumbrar figurillas que se movían de un lado a otro. Nadie hablaba. Sin saber cuántas horas o tiempo pasó, una fuerza nos fue empujando hasta caer en una superficie blanda, con una consistencia que volvía a su forma en cuanto nos movíamos. La luz violeta había sido sustituida por una luz roja brillante que dejaba ver Malhechas por todas partes. Una, dos, cien, quinientas, mil… me estaba volviendo loco. Mi Malhecha se separó de mí y se confundió entre las miles iguales a ella.

De repente me vi, ¿por qué me estaba viendo?, ¿estaba frente a un espejo? intenté avanzar, pero mis pies estaban adheridos a la superficie. En eso comenzaron a aparecer cientos, miles, millones iguales a mí. Gritaba ¿dónde estoy? ¡Esto es una pesadilla!, pero mis palabras no tenían sonido. Millones de Malhechas y Yos se trasladaban sin rumbo. Lo único que quería era regresar a mi apartamento, no me importaba que la Malhecha no se fuera conmigo, total ya no sabía cuál era la mía entre las millones.

Al parecer mis Yos eran los árboles en ese planeta de venus malditas. Mis Yos les daban vida, vivían del oxígeno de pulmones humanos. Mis Yos eran sus esclavos. Intentar liberarlos desataría una guerra interplanetaria. Me cuestionaba si mis entes tenían conciencia o eran simples robots. Mi duda se despejó cuando vi que unas Malhechas rellenaban unos plásticos con el aire de mis Yos y estos plásticos tomaban mi forma reproduciéndose infinitamente.

La fatiga me venció y desperté tirado en el piso de mi recámara tres días después según el calendario, sin embargo, quizá en el planeta rojo de las Malhechas el tiempo se dilata, porque cómo explicar que hubieran millones de Yos en tan solo unos días.

Después de ese extraño episodio pasé por el Sex Shop varias veces y siempre estaba cerrado; ayer lo hice por última vez, pero solo encontré un letrero que dice: Se Renta.

Extraño a la Malhecha.

Tomado del libro: México Hoy, Editorial La Zonámbula

jueves, 3 de diciembre de 2020

Acaso en invierno por Jorge Luis González Trujillo

 

en una red de líneas que se entrelazan,

en una red de líneas que se intersectan,

Ítalo Calvino

 




si decidieras mirar a través de la noche

de viaje fuera de tus costas,

transitando senderos sin huella;

te asomaras por abruptos precipicios

sin temer siquiera al arrojo,

sin ahogar quizás el suspiro de caída.

 

Allá abajo se abruma la nostalgia

en torno a un momento de silencio;

descubrirás en el vacío: el espejo,

recorriendo en sentido opuesto

tu silueta bañada de luna,

leyendo con su vista de sombra

tu rostro envuelto de preguntas.

 

Si de imprevisto el viento acicalado

reptara el risco de subida,

llevara sus palabras a tu oreja:

desciende por la fosa,

surca tu barca entre filos de angustia,

para contarte del naufragio.

¡Atrévete a bajar por las respuestas!

 

Voz gota y fuego

dicen que soy

la voz             la gota y         el fuego

voz que libera

la gota de sudor dislocada

por el fuego

voz en su enigma que perturba el espacio

por donde brotan las palabras

gota que permite a la existencia asomarse

para que otros la vean en lo escrito

fuego que escandaliza al silencio

para retumbar voces dormidas

en letras sin tinta

voz torturada cuyo grito se escucha

por siglos con rostro de hombre

gota de amargura que fenece tras caer

en fango ceniza arena de milenios

fuego de otra Gran Explosión

que aún no dispone a descubrirse

 

acaso

la voz              la gota y          el fuego

del rostro de cuyos nombres pertenecen a otro

el nuevo hombre se levanta del mar.


Tomado del libro: México Hoy, editorial la Zonámbula

jueves, 26 de noviembre de 2020

Arte abstracto por Benito Gómez

 



Sábado. Día de raya. El banco atiborrado. De repente: ¡Esto es un asalto. Nadie se mueva —crlar, crlac, el cerrojo de una escuadra calibre cuarenta y cinco— porque se muere¡ !Al piso todos! Expectación. Rostros sorprendidos, trémulos. Hombre felino moviendo en semicírculo su pistola: como en las películas; nimás ni menos igual que en «Atraco en Babaría». El reloj de pared, redondo, blanco como luna, indiferente; la manecilla larga en el tres, la manecilla corta en el diez, la delgadita gira, gira que gira. El inválido que pedía afuera del banco, en fuga muletas al hombro, volviendo con miedo, con pena, una y otra vez la cara hacia la entrada del banco.

Adentro: hombre nervios crispados: ¡el cajero principal! ¿Quién es el cajero principal? Voz de flauta, tembloroso: yo señor. Hombre nervios crispados fustiga con la voz el silencio expectante: ¡abra la bóveda! voz de flauta: sí señor. Uno atrás del otro, apresurados, hacia la bóveda del banco. El de camiseta negra, AK 47 estampado en el pecho, apremiante, apunta con el cañón de la pistola en la cara a boquita pintada, en la caja tres: ¡el dinero, aquí el dinero, en la bolsa. ¡Muévete pendeja! Mirada juvenil, huidiza, aterrada: voy... ya voy; manos apresuradas, titubeantes, las uñas largas, con aplicaciones, se lastiman sacando pacas, puños de billetes revueltos. El señor que estaba en la caja de boquita pintada: blazer azul marino, pantalón de lana gris Oxford, corbata roja, con su asistente al lado, Linda Muti.

Hermosa mujer; ambos tendidos en el suelo. Ella perdiendo la compostura, golpea el piso con los puños, grita histérica: no, no, no; sin control se orina sobre la losa blanca de mármol; laguito áureo, brillante, amorfo. Arte abstracto. Quieta al fin, solloza sin hacer ruido. El señor del blazer azul, angustiado, muy angustiado. Lo está matando la angustia. Se vuelve hacia Linda: tengo sed. Ella sobreponiéndose: no es momento licenciado Elio. El miedo desparramado por el señor del blazer azul, se podría recoger con una escoba. Nos salpica. Él insiste. No aguanto la sed.Me estoy muriendo de sed. Ella, limpia sus lágrimas, gira discreta la cabeza, mira de reojo al hombre camiseta negra con el fusil estampado que vigila atento. Linda al señor: no, licenciado Elio, ahora no. Él no escucha. La diabetes no tiene oídos. La sed le derrite el rostro, lo desfigura cuando se incorpora. Camina autómata hacia el despachador de agua. Su portafolio negro bajo el brazo. El palito largo adelante del tres, el palito corto en el diez; al palito delgado del reloj le urge llegar; ¿a dónde? No lo sabe. Gira, gira que gira...

El hombre de la camiseta negra hecho un energúmeno: ¡Dije que nadie se moviera! ¿A dónde crees que vas? Grito destemplado. ¡Párate cabrón! ¡Quédate parado allí te dije! Rostro derretido de sed, no escucha, camina, impávido. Explosión, gritos. Alaridos de mujer: ¡no, no! Camiseta negra, con la pistola humeante. Empuja el cuerpo inerte con la punta del zapato. Exánime, el Licenciado Elio ya nada teme; ya no tiene sed. La angustia salió presurosa por el orificio en la sien siguiendo a la vida en su fuga. Camiseta negra recoge el portafolio, lo sopesa, se lo lleva. Sirenas. Lamento angustioso de sirenas acercándose. Muchas sirenas. Movimientos apresurados. ¡Ya valió madre! ¡Vámonos! El hombre del Ak 47 impreso en la camiseta corre hacia afuera, huye haciendo disparos con la cuarenta y cinco. Los uniformados en la calle, apuntándole parapetados atrás de las patrullas; suenan los cerrojos de los rifles; truenos.

Adentro, Linda Muti sin caer aún en cuenta: ¡ayúdenlo; ayúdenlo, por favor, se está muriendo! El hombre del blazer azul, con la cabeza en medio de un laguito rojo. Líquido brillante, arte abstracto, impronta plástica. Muerto; bien muerto.


Tomado del libro: México hoy, Editorial la Zonámbula

lunes, 23 de noviembre de 2020

Violencia contra periodistas




Durante el mes de noviembre hemos tenido malas noticias en lo referente a la violencia contra periodistas, haciendo evidente que el periodismo es un oficio de alto riesgo en México. 

El pasado 9 de noviembre, el reportero del portal informativo "El Salmantino", Israel Vázquez Rangel de 31 años de edad, fue baleado mientas iba a cumplir con su labor, pues estaba por entrar a transmisión en vivo sobre el hallazgo de restos humanos en la colonia Villa Salamanca, en Guanajuato.






A la fecha hay dos personas detenidas por el delito de homicidio calificado, esperamos que el crimen no quede impune.

Por otra parte el fotoperiodista Carlos Zataráin, del diario "Noroeste", fue secuestrado la noche del sábado 14 de noviembre, cuando personas armadas se lo llevaron de un domicilio en la Colonia Venustiano Carranza, de Mazatlán.





La Secretaría de Gobernación activó el protocolo de reacción rápida ante la desaparición del periodista, ordenando una búsqueda con la participación de fuerzas de todos los niveles de Gobierno.

El periodista fue liberado tres días después. 


La situación en México es cada vez más peligroso para los periodistas y la actitud tomada por el Gobierno es indignante, en el PEN Centro Guadalajara pedimos no más violencia hacia los compañeros escritores reporteros y periodistas. 




jueves, 19 de noviembre de 2020

Presente perpetuo por Martha Cerda

 


 

1.—

Advierte Lucía que afuera llueve. Me asomo por la ventana, veo caminar a la gente de prisa, con paraguas, sin ellos, pero todos con la mirada empañada como si les lloviera por dentro. Me acerco más a la ventana, la toco, no está mojada a pesar de que por fuera escurre lágrimas: «Lucía, la ventana está llorando», dice mi voz niña, y Lucía advierte de nuevo: Llueve. Quiero salir, mojarme, probar la lluvia. «¿A qué sabe, Lucía?» A cielo, me dice y advierte: no salgas o… Me quedo con ese —o— redondo y rotundo por incompleto. No hace falta saber lo que quiso advertir Lucía, es mejor no salir y quedarme a su lado deseando que sea mi mamá y me abrace y me mime, como en los libros viejos con los que me enseñó a leer: «mi ma—má me ama, mi ma—má me mi—ma»; pero no lo es. Mamá murió ayer, sólo quedamos Lucía y yo. Lucía comprende, me da un pellizco suavecito en la mejilla y advierte: Mañana será otro día… Lo dice de una manera tan incierta que no le creo. Mañana será el mismo día, lo sé, y lloverá y lloverá y lloverá…

2.—

Es hora de dormir, advierte Lucía con su bien templada voz. O sea, no hay alternativa, hay que dormir lo quiera o no. «Lucía, ¿el alma duerme?» A la ro—ro niño duérmaseme ya, porque ahí viene el Coco y se lo comerá. Me acuesta, me tapa y, sí, me da un beso. ¿Por qué Lucía siempre me besa en la boca? Mi almita se queda despierta, va y viene, como los pasos de Lucía que busca en silencio un lugar para acomodar su alma. Destrenza su pelo sedoso, descalza sus pies blanquísimos, se quita el vestido negro y se pone un camisón que huele a jazmín. «¿ Jaz qué?» Min, completa Lucía, acariciándome con su voz. «Jaz—mín, jaz— mín», repito imitándola, hasta memorizarlo, igual que gardenia, huele de noche, nomeolvides, jacinto, violeta y cenzontle. Lucía suspira y por fin apaga la luz. ¿Habrá encontrado el lugar para su alma? Mamá murió hace un año. Afuera llueve…

3.—

Los niños no lloran, advierte Lucía, mientras me jabona el pelo con ese shampoo que me irrita los ojos. Deja caer las palabras como con un gotero, letra a letra: L—o—s n—i—ñ—o—s n—o ll— o—r—a—n. Yo trato de juntarlas, de unirlas, pero el jabón me pica los ojos, no puedo verlas, se resbalan de mis oídos y finalmente se van por el resumidero revueltas con la espuma. Terminamos, dice Lucía, secándome con una toalla tiernita, pero en su boca las palabras son advertencias. Ese lacónico —terminamos— significa: Prepárate para lo que viene. Me tapo los ojos, los aprieto y cuando no veo nada siento los labios de Lucía besando los míos. Me río quedito, abro los ojos: «¿Lucía, Lucía, dónde estás…?» Hoy cumple mamá tres años de muerta. Afuera llueve…

4.—

Afuera llueve, tengo frío. Afuera está oscuro, adentro también. Hace cinco años que murió mamá. Salgo de mi cama y voy a la de Lucía, me acurruco junto a ella. Mi alma se aquieta. Le advertí que no la despertara porque… Lucía duerme, no me advierte. «Lucía, Lucía, yo… jazmín, violeta, cenzontle, nomeolvides…»

5.—

Saco de una caja un pedazo de piñata y ocho velitas derretidas, las coloco junto a las diez velitas casi enteras que apagué de un soplido y mis trece velitas nuevas. Agazapados tras los párpados, los ojos de Lucía me miran. Trato de besarla pero ella me dice no, ya eres un hombre. Lucía dejó de advertir que afuera llovía y que el huele de noche no huele de día. Miro por la ventana, ¿cuándo murió mamá?

6.—

Mi mamá no me mima, mi mamá no me ama. Afuera llueve, llueve... Mi vaho empaña la ventana. Mañana no es otro día.


Tomado del libro, México Hoy, editorial Zonámbula

jueves, 12 de noviembre de 2020

Hasta donde tope… por Laura Castro Golarte

 



Desde hace 35 años ejerzo el periodismo en México. De 1983 a la fecha. Es un periodo muy amplio en el que me ha tocado vivir cambios profundos y notables, obviamente en varios ámbitos, pero me referiré a los del periodismo porque a través de él, necesariamente, habrá referencias a las transformaciones por las que ha pasado nuestro país y la sociedad en la que estamos inmersos.

En 1983, con 19 años de edad y la idea reveladora de que podía escribir y a través del periodismo hacer grandes cosas, hacía un año apenas de la patética escena de López Portillo llorando por el peso y del destape de una crisis descomunal que llevó al país de la promesa de administrar la abundancia al abismo de la inflación y la corrupción galopantes.

Mientras cubría bodas para el periódico El Jalisciense, el narcotráfico en México pasaba a las grandes ligas del crimen organizado en el mundo, la crisis económica se profundizaba y, pocos años después, mientras atendía la fuente de Salud, primero, se registró el asesinato de un periodista que para muchos dejó en evidencia la vulnerabilidad del gremio, como nunca antes: Manuel Buendía fue acribillado en la Ciudad de México el 30 de mayo de 1984.

Y, segundo, la naturaleza se ensañaba con nuestro país con los sismos del 85 cuyas repercusiones cimbraron toda la geografía nacional. La organización ciudadana, la sociedad civil, los organismos no gubernamentales eran términos y expresiones con las que poco a poco empezábamos a familiarizarnos y de alguna manera se constituían en una esperanza de cambio profundo contra el autoritarismo, la represión y la corrupción que pese a las campañas de renovación moral, campeaban y seguían en franco crecimiento. Algo se estaba moviendo y muy fuerte.

¿Riesgos para la profesión en esta primera etapa de mi propia carrera? Cubriendo bodas y quince años, exposiciones de pintura y entrega de despensas, difícilmente corría algún peligro. Sin embargo, inquieta y con ganas de hacer cosas diferentes, se me ocurrió hacer una especie de encuesta en el centro de la ciudad, mientras en los altavoces de la Plaza de la Liberación se escuchaba un informe presidencial, el primero de Miguel de la Madrid. El resultado fue muy bueno en términos periodísticos, nadie estaba poniendo atención, estaban descansando en la plaza porque, no sé si recuerden, pero antes en los informes presidenciales se paralizaba el país; la mayoría de los entrevistados me contestó que no creían nada, que era lo mismo de cada año y que no les interesaba en realidad.

Llegué emocionada a la redacción con mi nota de la que me sentía orgullosa, y cuál va siendo mi sorpresa y susto cuando en mi cara rompieron las cuartillas de papel revolución que había tecleado con especial energía en una Olivetti y me dijeron que esa era una clase de periodismo populista que no servía de nada y que no lo volviera a hacer si apreciaba mi empleo. Alerta. Foco rojo. Peor se puso la cosa cuando la administradora, toda una leyenda de terror en periódicos de Guadalajara, Eva Chiú, me ordenó gritando que vendiera publicidad y consiguiera un anuncio del DIF1que ocupaba tres cuartos de plana en El Informador.

No lo procesé entonces, apenas ahora, pero por cuestiones que no ponían en riesgo mi integridad física, efectivamente mi puesto, mi empleo, sí estaba en riesgo si insistía en hacer notas como la del informe o si me resistía a vender publicidad, como saben, una de las maneras más efectivas de que los periodistas perdamos independencia. Qué fragilidad.

Sobre la marcha, porque en la escuela en donde estudié la carrera técnica de Periodismo no nos enseñaron tal cosa, me fui dando cuenta de que para sobrevivir en el medio, era necesario atender la línea que se marcaba en cada medio; era nuestra obligación conocer compromisos y tendencias para no cometer errores que nos costaran el trabajo.

De alguna manera puedo decir que corrí con suerte una buena parte de mi carrera, aunque en gran medida fue porque las fuentes que cubrí, en verdad, no implicaban mayores riesgos.

En 1989 ingresé a El Informador y nunca fui censurada; desde esas páginas me lancé con entusiasmo a la realización de reportajes cuando empezaba a ser una tendencia en México el periodismo de investigación y los esbozos de un periodismo plural ya no tan oficialista se multiplicaban. Tomaba forma un periodismo más comprometido, profundo y trascendente.

Claro que en esto influyeron las elecciones de 1988, la caída del sistema y la certeza, desde los medios y sus periodistas, de que la sociedad ya no nos iba a creer porque lo que se publicaba no checaba con la realidad. A partir de aquí los cambios se han dado de manera vertiginosa y en diferentes flancos.

Los riesgos para la profesión empezaron a multiplicarse.

Lo más doloroso son los asesinatos y desapariciones, las amenazas de muerte, y todo porque desde el periodismo se intenta contribuir a resolver cuestiones que el Estado no quiere o no puede; o porque el Estado oculta dados los contubernios con otros sectores de la sociedad, empresariales, universitarios, deportivos… Y también porque los periodistas no están en las condiciones óptimas para realizar su trabajo, porque son cooptados a fuerza de amenazas y se convierten en mensajeros del crimen organizado. Alto, altísimo riesgo, porque además, desde la autoridad les ha dado por criminalizar antes de averiguar, de la misma manera como lo hacen con activistas y manifestantes, en esta práctica perversa dirigida a la sociedad a través de los medios, que nos mantiene divididos y esa tendencia a juzgar sumariamente a todo lo que da.

Son decenas de miles ya los periodistas asesinados en México, los desaparecidos, y no se diga los acallados, los despedidos y perseguidos por gobiernos corruptos, susceptibles e intolerantes a la crítica y represores; con todos ellos quién sabe hasta donde se nos vaya la cuenta, son casos que no están en ninguna relación, en ninguna lista, en ninguna estadística.

A los riesgos por la cobertura e investigación de temas de narcotráfico, corrupción y crimen organizado, se suman los riesgos por despido y descrédito, por haber dado a conocer algún asunto incómodo o por ser especialmente críticos de las gestiones gubernamentales; esto también contribuye a hacer del periodismo una profesión de alto riesgo y en estos grandes segmentos, de lo que se trata es de callarnos.

En Jalisco además de los despidos, que ya son decenas; se reciben en medios «órdenes» o «sugerencias» o «amables solicitudes» para cambiar a reporteros incómodos de determinada fuente y hay casos documentados y vigentes de amenazas de muerte a colegas que han realizado reportajes de investigación que exponen corrupción y tráfico de influencias.

Hay grandes resistencias y nuevos desafíos. Antes, por miedo, no se daba cuenta de la corrupción en el gobierno, de los fraudes electorales, de los excesos de los gobernantes, no se dio cuenta en su momento de la matanza del 68 salvo honrosas excepciones. Como espectadores vivíamos enajenados, temerosos, callados.

Luego las ventanas de la libertad de expresión se abrieron y salimos, casi volamos hacia ella. Ahora el miedo, que dejamos de sentir los periodistas durante un buen tiempo, cambia de fuente, de origen, pero reaparece.

Las noticias no son buenas.

Después de la euforia de la primera vez generada por la recién estrenada libertad de expresión, después de nuestros gloriosos «gates» (toallagate, pemexgate); después del descubrimiento pues, del periodismo de investigación y de la emoción (equivocada a veces) que sentimos al ver rodar las primeras cabezas desde las altas esferas de gobierno, vuelve el miedo, una de las principales razones de que muchos periodistas no seamos cien por ciento independientes. Sí, más que el chayote, la publicidad, el favor, la prebenda e incluso, el cargo público, el miedo nos paraliza y nos resta independencia. ¿Cuántos temas no abordamos por miedo? ¿Cuánta autocensura? ¿Y es cuestionable? La impotencia y la frustración campea en quienes ejercemos y vivimos el periodismo de manera idealista, romántica… y válida, sí.

Muchos de los que se han atrevido a investigar y a denunciar en sus notas y columnas, en sus programas de radio y de televisión, a la delincuencia organizada, a los narcotraficantes, a los invasores de terrenos, hoy están muertos o desaparecidos o lesionados; son un expediente más en la fiscalía especializada… ¿En qué? ¿Qué capo, narcotraficante, ladrón, funcionario corrupto está en la cárcel por la acción de esa fiscalía? Por cierto ¿Quién es el fiscal? ¿Cómo se llama?

No somos héroes y, sin embargo, la sociedad está amenazada y enferma y temerosa.

No todo está perdido. Algo podemos hacer sin exponer nuestras vidas, para seguir haciendo.

La propuesta es: periodismo cívico. Más que para combatir el narcotráfico, para erradicar el consumo, por la cohesión familiar y del tejido social, por la estabilidad personal, por el fortalecimiento de los espíritus, por los seres humanos y contra los poderosos que manipulan a la sociedad de muchas formas para tenerla y mantenerla sometida, enajenada, perdida, ignorante y mal educada; periodismo cívico a favor de la seguridad nacional, de los objetivos de la nación (cuando los tengamos, y nos toca insistir); periodismo cívico por un proyecto de nación (cuando lo tengamos y también nos toca insistir).

Y para erradicar el consumo ¿Qué? ¿Cómo? Información, educación, generación de conciencia. Si como periodistas logramos que la gente denuncie de manera anónima; si nuestra causa es contra la violencia y la drogadicción; si decimos una y otra vez cómo los padres y los maestros pueden detectar si sus hijos consumen drogas; si exigimos respuestas a las autoridades contra el  desempleo y convencemos a nuestros auditorios para que las exijan también; si promovemos el voto razonado y explicamos y abrimos los ojos y los oídos de quienes nos escuchan, nos leen y nos ven para que sepan el poder que tienen como ciudadanos, entonces estaremos cumpliendo con nuestro papel, aportaremos, haremos la diferencia y podremos aspirar a vivir mejor.

Tenemos esa responsabilidad, nos la otorga el privilegio que nos da el ingreso, prácticamente sin filtro, a todos los hogares, de una u otra forma, en papel periódico, en audios, en imágenes.

Tomás Eloy Martínez, escritor argentino y capacitador de periodistas en varios países de América Latina, dijo: «El periodismo no es algo que uno se pone encima a la hora de ir al trabajo. Es algo que duerme con nosotros, que respira y ama con nuestras mismas vísceras y sentimientos. En el periodismo se impone una nueva ética; el periodista ya no es un agente pasivo que observa la realidad y la comunica, no una mera polea de transmisión. Lo que escribo es lo que soy y si no soy fiel a mí mismo, no puedo ser fiel a quienes me leen. El periodista está obligado, en todo tiempo, a pensar en su lector, alianza de fidelidades a su propia conciencia, al lector y a la verdad.

«Al lector se le respeta con la información precisa; el periodismo no es un circo para exhibirse, sino instrumento para pensar, crear, para ayudar al hombre en su eterno combate por una vida más digna, más justa. A semejanza del artista, el periodista es creador de pensamiento».

También creo en el periodismo como una herramienta para lograr mejores condiciones de vida y es ese sentido el que es preciso rescatar; vale la pena remontar el largo camino ya, de desconfianza, descrédito y desprestigio.

Independientemente de lo que se avance en materia de regulación y auto-regulación, en acceso a la información y en la relación entre medios y periodistas, entre medios y sociedad, rescatar el periodismo depende de cada periodista, de su lucha incansable y cotidiana por servir a la sociedad y no al poder; de su determinación por ser independiente y responsable; de su decisión de no caer en la tentación del escándalo, la nota amarilla, el falseo de datos, la manipulación, la imprecisión o la corrupción; de su interés por atender aquello que puede ser noticia y al mismo tiempo signifique soluciones y respuestas para amplios sectores de la sociedad o que impida el abuso de los poderosos en detrimento de los débiles.

Es muy difícil trabajar con miedo; a veces se toman decisiones valientes, temerarias, a veces irresponsables e imprudentes; en otras ocasiones se opta por nadar de muertito o navegar con bandera… de todos modos a nadie le damos gusto, de todos modos seremos juzgados desde afuera, desde adentro y por nosotros mismos…

Y en este orden de ideas, quiero rescatar aquí, como una opción de ejercicio periodístico que no implica la disminución de riesgos, volver a los orígenes, al periodismo que ahora le llaman responsable pero que tendría que ser simplemente periodismo: La responsabilidad es una cualidad inherente a este oficio; tendríamos que hablar entonces de rescatarlo. ¿Por qué ahora, en muchos sentidos, es una aspiración el periodismo responsable? ¿Por qué está en la mesa del debate? Por las desviaciones en el ejercicio profesional, porque se ha faltado al compromiso con la verdad, porque se ha minado la independencia… en resumidas cuentas, se ha prescindido de la ética. Este es otro riesgo o conjunto de riesgos.

Periodismo responsable es el que privilegia los intereses de la sociedad a la que se debe; no los intereses de los poderes fácticos.

El que es «tribunal de la opinión pública» y retoma las nociones de opinión común como presión social y busca la difusión regular de las actividades gubernamentales e investiga exhaustivamente sobre ellas, como un seguro contra los abusos de poder, contra la corrupción y a favor del servicio público auténtico y generador de niveles de vida superiores para toda la sociedad, sobre todo los sectores marginados. El que compromete, vigila y da seguimiento.

Periodismo responsable es también el que dedica tiempo y espacio a temas aparentemente menores pero que con frecuencia son más importantes que los escándalos políticos: cultura y medio ambiente, por ejemplo, derechos humanos, salud y educación, trabajo e infraestructura, desarrollo comunitario, participación… entre muchos otros.

Entiendo el periodismo responsable como el que se ejerce con la conciencia de que el daño no se repara totalmente y, por lo tanto, se ocupa de prevenirlo; el que está comprometido con la verdad y siempre se pregunta para qué es la verdad; el que considera los derechos humanos de los  acusados y busca sin descanso todas las versiones de un mismo hecho, incluida la de los directamente afectados; el que usa correctamente el idioma para defenderlo y para no dejar rendijas por donde se cuele una mala interpretación o un malentendido; el que entrega precisión y no ambigüedades.

El periodismo responsable es el que busca la verdad completa y así la presenta a los lectores, a los televidentes, a los radioescuchas y a los cibernautas: causas, realidad y consecuencias; el que verifica la información dos y tres veces, todas las necesarias, antes de publicarla; el que asume la verdad como el valor supremo de la profesión y sacrifica una exclusiva con tal de defender esa verdad.

El que no se vende y está plenamente consciente del poder que tiene en sus manos y lo usa, todo, en beneficio de la gente; el que sabe que también es guía.

Es el periodismo responsable el que vale en la lucha permanente por enriquecer, fortalecer y perfeccionar la democracia; el que da respuestas e intenta siempre abrir conciencias. El que invita a la sociedad a ser democráticamente responsable y la motiva a participar, a exigir, a hacer la diferencia, a moverse, sin que esto implique decir exactamente qué y cómo.

El que no cree saber lo que la gente necesita saber y, por el contrario, pregunta, escucha, investiga, se acerca, atiende, respeta y rectifica siempre que es necesario, sin reticencias.

Es el periodismo ventana, puerta, camino, antorcha, entrada y salida, cima, razón; no el periodismo abismo, muro, prisión, cadena, sinrazón.

Es el periodismo así, sin adjetivos, el que ofrece posibilidades y un mejor futuro porque contribuye a poner en marcha el poder de la sociedad.

¿Esto implica riesgos? Sí, altísimos, pero vale la pena, siempre vale la pena… hasta donde tope.