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lunes, 9 de marzo de 2026

Servicio al cliente - Aída María López Sosa

 

Servicio al cliente

Aída María López Sosa




—¿Dónde está el probador? —preguntó con cinco prendas en las manos, al tiempo que se quitaba los lentes de sol y fijaba su mirada felina en mi rostro.

Hasta ese momento supe que no era mexicana, quizá peruana o chilena. La conduje al pasillo donde estaban los probadores.

—El que guste. Todos están vacíos. Si necesita algo me avisa —dije y seguí con el inventario que no cuadraba, porque nunca fui buena para los números.

¿Tendrá cirugías? Demasiado delgada, demasiado…

—Señorita, ¿viene por favor? ¿Puede subirme el zíper?

Su espalda bronceada sin marcas mostraba su gusto por la playa y por qué no, topless. Con cuidado deslicé el cierre evitando pellizcarla. Su mirada de gato me observaba por el espejo. Sonreía sin parpadear.

—¿Te gusta? —preguntó al dar la media vuelta y quedar frente a mí.

—Le queda bien.

—¿Y el escote?

Sus pechos me incitaban a tocarlos, apenas asentí con la cabeza, contuve la respiración y la ayudé a bajar el zíper. Alcancé a ver el tatuaje al final de su espalda: una orquídea. El Chanel No. 5 me llevó al día que tuve mi primera experiencia con una mujer a los trece años. La maestra de biología, con el pretexto de explicarme cómo funciona la sexualidad, me tocaba las piernas. Estábamos solas en el laboratorio de la escuela cuando tuve mi primer orgasmo, y de ahí muchas veces más. La hora de salida se prolongaba, siempre llegaba tarde a casa con una justificación diferente: trabajo en equipo, retraso del autobús, plática con las amigas… hasta que otro maestro nos descubrió, vino la catástrofe con mis papás y la expulsión del colegio. Ella terminó en la cárcel. Me llevaron a terapia por más de cinco años. La psicóloga aseguró que fue una etapa de indecisión, pero que ya estaba definida. ¡Así lo creí!

—Verás, mañana regreso a mi país y quiero llevarme un lindo vestido, esta tierra me trae hermosos recuerdos de la juventud, de cuando tenía aproximadamente tu edad, ¿sabes?

—Qué bueno que le gusten nuestras playas. Espero que alguno le agrade —pronuncié perturbada por el calor y mis pensamientos picantes. La mujer con su mirada y sonrisa, insinuantes dijo:

—Tendrás una buena propina, eres muy gentil.

Volví al mostrador. ¿Qué me pasa? ¿Qué habrá sido de la maestra? ¡No me había vuelto a pasar esto! ¿Será…? Si papá viviera… ¿Me ayudas? ¡Voy! Me sequé el sudor y acomodé mi cabello liberando el cuello que escurría.

Cuando llegué al probador, la mujer con toda intención dejó resbalar el vestido por su cuerpo casi desnudo mientras clavaba de nuevo su mirada en el espejo que rebotaba sobre mí haciendo trizas mis nervios. La escena me sorprendió. La firmeza de sus nalgas con un diminuto hilo negro, carne magra bañada de sol, develó mis deseos. Me humedecí. Quise tocarla, arrimarla con furia a la esquina del habitáculo para embeberme de sus fluidos…

—¿Qué pasa? ¿Me ayudas a recogerlo?

Me incliné a levantar el vestido, temiendo que haya descubierto mi lujuria. Creí percibir el olor dulce y tibio de su sexo. El calor empañó el espejo ocultando mi ansiedad desbordada. La piel enrojecida a punto de ebullición, mis manos temblorosas. Cinco años de terapia, se habían diluido como mi sudor en unos cuantos minutos.

Ante mi pasmo, dijo con cierto desdén:

—Puedes retirarte. —Corre la cortinilla roja detrás de mi espalda ante mi huida.

¿Fue mi imaginación o tenía la misma expresión mezquina de la que fuera mí mentora? Pocas palabras, esbelta figura, gusto por los vestidos para satisfacer encuentros casuales. Miradas capaces de penetrar en el resquicio del pudor de cualquier inexperta como yo.

Su desnudez desentrañó mi preferencia que la terapia había encubierto con un novio con el que no llegaría a ninguna parte. Deseé regresar años atrás y disfrutar sin culpas, cuando el laboratorio era el sitio ideal para experimentar eso que decían los libros. Masturbaciones que mucho tiempo me hicieron sentir sucia, indigna, pero que la independencia de mi familia y la edad, habían desechado. Ahora esperaba inquieta la voz del vestidor pidiéndome ayuda, pero ya no lo hizo.

Apareció segura.

—Me llevo uno —dijo, asentando en el mostrador las cuatro prendas restantes y un manojo de billetes mayor al costo de su compra.

 


domingo, 8 de marzo de 2026

La Voz de las Mujeres - María Arizpe

 

 

La Voz de las Mujeres

 

María Arizpe




 

La hora de arranque eran las seis de la tarde. Salí a comer con mi familia y como vivo a media cuadra de Avenida Vallarta, mi plan era incorporarme a la manifestación a esa altura, que representaba aproximadamente la mitad del camino. Recién por la mañana me enteré de que había que vestir de morado. El único color que no mora en mi clóset. Por lo que elegí un paliacate del tono, unos jeans y me cambié las sandalias por unos tenis.

            Mientras me preparaba, los mensajes por chat se multiplicaron, extraño para ser domingo por la tarde. Grupos de mamás, compañeras del trabajo y amigas mandaban su ubicación para que nos uniéramos las recién llegadas. Justo cuando estaba sentada en el inodoro preparándome para vaciar mi vejiga antes de adentrarme en las entrañas de la marcha totalmente liviana, sentí la tierra vibrar. La sensación me pareció conocida y en segundos me encontré recordando aquella tarde de hacía unos seis años en que junto con mi esposo y mi hijo de entonces diez años nos unimos al llanto de la ciudad manifestándose por la desaparición de los cuarenta y tres estudiantes de Ayotzinapa. En ese entonces sentí el dolor colectivo como nunca antes, hasta este domingo ocho de marzo de 2020. En ese entonces la ola de súplicas, manifestaciones y reclamos, culminó en el nuevo bautismo de la entonces Glorieta de los Niños Héroes, identificándose desde aquel día como la Glorieta de las y los Desaparecidos. Nada más. No aparecieron los desaparecidos y no dejaron de morir jóvenes víctimas de violencia.

 

Esta tarde, la madre tierra gemía de dolor nuevamente. Sus hijas clamaban justicia. Decidí no esperar y me salí a encontrarme con el tumulto. Ya en la calle, no sólo sentí el latido de la tierra, sino el clamor de la multitud en la lejanía que simulaba el rezo de un rosario. Mi cuerpo se paralizó por unos segundos, dudé si era conveniente incorporarme o quedarme observando desde la acera, o el balcón de mi casa. Sentí miedo, pero no miedo a la masa que pudiera venir iracunda, tuve miedo de recordar o de abrir cicatrices que me han llevado años cerrar, pero tomé valor y seguí caminando. Me dirigí en sentido contrario al recorrido para encontrar a la multitud de mujeres que se manifestaba. El encuentro se dió justo al frente del Museo de las Artes, y por el otro lado a la explanada del edificio de Rectoría de la Universidad de Guadalajara, dónde me detuve para incorporarme a la manifestación tan pronto viera al colectivo con quienes había marchado un día antes por la misma razón.

            Al irme incorporando, observé a madres, abuelas, hijas y adolescentes gritando, cantando, brincando, levantando el puño: “ni una más”. Eran muchas, eran miles, eran todas. También había hombres vistiendo de negro con pañuelos morados. En uno de ellos observé el letrero “yo hoy salgo a gritar porque mi hija no puede”, otro decía “soy la voz de mi hija desaparecida”. Aquellos que no tienen voz, me conmueven, esta vez no fue la excepción, se me hizo nudo en la garganta ver a esos hombres luchando con las mujeres, a un lado, respetando el derecho a la calle que ese domingo todas las mujeres teníamos, la empatía me envolvió.

            Detenida frente al Museo, de pronto la marcha se tornó confusión. Las filas se rompieron y surgieron de entre la muchedumbre mujeres encapuchadas con sus armas; sí, armas que constaban de botes de pintura de diversos colores, bombas de humo y hasta parece que algo de magia. En cuestión de segundos el atrio de la Universidad se vestía de palabras que representaban la voz del dolor de las mujeres abusadas, perdidas, quebrantadas, muertas… “Nos quitaron tanto, que terminaron quitándonos el miedo”, esta frase terminó de sumergirme en la masa. Recordé los agravios que yo misma recibí en mi vida, cuando no me sabía defender.

            Observé y permanecí en silencio, y me encontré inhalando esa rabia que muerde cuando se ha sido sometida por años, por décadas, por siglos. Cuando el recuerdo del daño toca el alma o la psique, no hay serenidad que nos calme, ni paz que respetemos, cuando nuestra voz no es escuchada, cuando no existe contención, cuando la violencia es diaria dentro de las casas o fuera de ellas, nuestra voz no puede reprimirse más, sale a gritos, ladra, muerde y entonces… nos juzgan ¿por qué hablas fuerte? ¿dónde quedó tu femineidad? ¿por qué la violencia? ¿por qué? ¿por qué? Imaginé cuántas veces, cuántas mujeres han sentido el deseo de quitarse la vida porque no superan el dolor que les ha sido creado. Así es que no solamente son los números de desaparecidas o muertas los que se suman al conteo, también el de aquellas mujeres que seguimos vivas pero que llevamos por dentro una cicatriz en el mejor de los casos, porque para muchas que no han tenido el apoyo, las heridas aún sangran.

            Me uní a la marcha, al colectivo “Sangre de mi Sangre” en el que había participado una tarde anterior. Una protesta silenciosa, no necesitábamos clamar, los metros de hilos rojos tejidos como mancha de sangre avanzando hacía la misma glorieta lo decía todo.  El domingo era otra cosa, era momento de gritar, de abrir la válvula de escape. “¡Con ropa o sin ropa, mi cuerpo no se toca!”, “¡Somos el grito de las que ya no tienen voz!”. Seguimos caminando, levantando los puños, abriendo las manos, las más jóvenes brincaban. Medio kilometro más adelante a la cuadra y media de llegar a Chapultepec para virar rumbo a la glorieta de los y las desaparecidas, entró el pánico en la muchedumbre, el estruendo de un letrero al impactarse contra los vidrios de un edificio abandonado, levantó la alarma. ¡Una explosión!, ¡gases!, corran… Yo que iba dentro del tejido rojo, me sentí por segundos atrapada, frágil, aún rodeada de mujeres como yo, me sentí vulnerable. El miedo sigue ahí. Está instalado. Ayer callamos para sobrevivir, hoy necesitamos gritar para poder vivir.

            “El estado opresor es un macho violador”, “vivas se las llevaron, vivas las queremos”, “yo sí te creo”, “no nos miren, únanse ya” “levanta la mano, si a ti te han acosado”, “con ropa o sin ropa mi cuerpo no se toca”. La marcha continuó. Al principio sólo las mujeres encapuchadas pintaban o se manifestaban con actos de rebeldía, asemejados a la violencia… pintaban frases en el piso, en los muros, en las paredes, pegaban carteles… con el caminar, ya no importaba ocultar el rostro, se mostraban sin máscaras, el dolor rayaba y gritaba. Llegamos al monumento de los y las desaparecidas. Nuestras hermanas contaban sus testimonios con dolor vivo, con heridas arriba de las cicatrices, algunas de ellas todavía abiertas. Estuve ahí parada un rato, sentí vibrar la energía de las mujeres … sí, esas mujeres que sangramos cada mes para poder dar vida, esas mujeres que hemos nacido bajo el anonimato, que hemos tenido que navegar con la bandera de pendeja para no rechazar un acoso que nos podría quitar el trabajo… o la vida; esas mujeres que estamos gritando no sólo para ser escuchadas, necesitamos ser comprendidas, amadas, abrazadas. Pero sobre todo necesitamos salir a la calle seguras, para que al regresar a casa nuestros padres puedan abrazarnos, nuestros hijos puedan correr hacia nosotros para gritarnos mamá y colgarse a nuestro cuello, para que nuestros hombres también crezcan con madres sanas, que les permitan ser vulnerables, sentir, que les enseñen sobre el amor, sobre las mujeres, el equilibrio y la vida.

 

            Caminé de regreso a casa con el puño en alto, satisfecha de mi lucha, no solamente por la de este ocho de marzo, sino por aquella que inicié hace más de dos décadas, cuando me rompí y tuve que recoger mis pedazos yo sola para no morir, aunque confieso que muchas veces preferí estarlo. Sentarme por once años frente a otras mujeres que trataron de ayudarme en terapia, tomar medicamentos para comprender por qué estaba rota y como era que podía volver a pegarme para recuperar mi esencia. El camino me pareció largo, como el que caminé de regreso del monumento a mi casa, pero esta vez en mi andar encontré muchas voces pintadas en el piso “no estás sola”, “nos quitaron tanto que terminaron quitándonos el miedo”, “ni una más”.

            No niego que me dolió ver mi colonia y los mosaicos del camellón de Chapultepec pintados, esas calles que recorro todos los días mañana y tarde cuando camino con mis perros. Tardé un par de días en superar y comprender que rayar había sido parte del proceso de sanación colectiva, comprendí que si una de las que ya no están fuera mi hija, mi hermana, mi madre… nadie podría impedirme gritar, rayar, tirar, romper, matar… cuando todo dentro de una se ha roto, una esta muerta ya. Romper afuera es la anestesia que apaga momentáneamente el dolor.

            Llegué a mi casa, mi familia estaba preocupada porque se quedó sin pila mi celular y los gritos habían despertado un desasosiego en ellos que no terminó hasta que me vieron acercarme caminando por la avenida. No me di cuenta del tiempo, fueron más de cuatro horas de mujeres en grito de lucha… de solidaridad.  ¿Qué sigue? ¿Cuántos ochos de marzo tendremos que salir a gritar, romper, quebrar, para que nuestras vidas se equilibren y podamos criar hijos respetuosos de la mujer y su fortaleza y fragilidad?  

            Este ocho de marzo, treinta y cinco mil mujeres en Guadalajara salimos de nuestra casa para manifestarnos en contra de la violencia de género, ¿Qué aprendimos?, ¿Qué juntas somos fuertes? ¿Podemos cambiar el destino de las vidas, de nuestras familias, de un país, de la humanidad?… ¿Qué habrémos cambiado para el 2026? ¿Cómo vamos a avanzar en nuestro camino a la justicia? ¿Cuántas marchas se necesitarán para mutar nuestro grito en canto?

sábado, 7 de marzo de 2026

Por un 8M sin explicaciones - Alejandra Maraveles

 

Por un 8M sin explicaciones

Alejandra Maraveles




 

Ya me cansé de esperar. Aun así, espero que llegue ese 8 de marzo en que no tenga que dar explicaciones. Es extenuante, año con año, escuchar comentarios que van desde los que supuestamente expresan inquietud “Habrá mucho movimiento este año por las manifestaciones”, pasando por una compasión hacia quien no la necesita “¿Por qué tienen que vandalizar los negocios de comercios que no tienen la culpa?”, hasta aquellos cargados con un odio y con toda la intención de ofender “A ver qué destrozos hacen ahora las machorronas”. Cuando los escucho, debo apretar los dientes, tratar de no callar de una bofetada a quienes hablan así. Tener prudencia y comprensión porque, por lo general, quienes los hacen son hombres o personas de la tercera edad. Y pienso en lo frustrante que es mostrar prudencia a alguien que no la muestra.

Ya me cansé de explicarles a los hombres que no, no tenemos los mismos derechos, en papel sí, la constitución así lo estipula, pero en la práctica, es muy distinto. La brecha salarial todavía existe, el techo de cristal es una realidad y la discriminación laboral femenina sigue sucediendo. En el resto del mundo la mayoría de las mujeres alzan la voz por esa razón. Aquí en México, aunado a eso, la principal queja es la violencia ejercida hacia las mujeres.

Ya me cansé de hablar de sororidad. Esa palabra que significa tanto, ausente en la mayoría de féminas. Hay evidencias de que, en muchos casos la violencia empieza por las mismas mujeres. Por allí escuché que la sororidad sólo aparece cuando una mujer sufre, pero cuando una tiene éxito desaparece y comienzan los comentarios “¿Con quién se habrá acostado?”, como si una mujer sólo pudiera triunfar a costa de un hombre. Parece que no nos damos cuenta de que el éxito de una no es el fracaso de las demás. Al contrario, el éxito de una es el de todas, pues es un indicativo de que podemos cambiar las cosas.

Ya me cansé de escuchar las noticias en México, pues  desearía que esos comentarios se quedaran allí. México es un lugar terrible para las mujeres, estamos en un país donde diariamente mueren 10 mujeres por violencia y 34 más desaparecen. Así que esa preocupación fingida por las marchas, no tiene sentido, la preocupación debería ser todo el año, por todas aquellas que ya no pueden hablar, por quienes nunca regresaron a casa y no se sabe dónde están.

Ya me cansé de puntualizar lo que ocurre en el ambiente laboral. Porque cuando se interpela de esos pobres comercios, hay que exponer hechos. Los dueños no son los que jalan gatillos, no obstante, dentro de esos comercios existe machismo y acoso laboral o sexual hacia las mujeres. Muchas veces la violencia inicia con algún tipo de acoso. En muchos negocios, los jefes desestiman las quejas de las empleadas, quienes son acusadas de exageraciones y malos entendidos. Repito, ellos no jalan el gatillo, pero propician las situaciones desagradables, acostumbran a las mujeres a no quejarse a guardar silencio ante injusticias y maltratos.

Ya me cansé de explicar que quienes pintan paredes no son “machorronas”, son mujeres que como yo se han cansado de explicar, se han extenuado de razonar con esos hombres y personas de la tercera edad, se han fatigado de reclamar en voz baja, se han hartado de sufrir humillaciones y acosos, de dejar pasar arbitrariedades en su contra. Esas “machorronas” son aquellas que gritan y destrozan para que volteen a verlas y hacerse notar. Lo hacen por ellas, pero, sobre todo, por quienes ya no pueden hacerlo. Esas “machorronas”, son las amigas, las vecinas, las compañeras de trabajo o escuela, las primas, las sobrinas, las tías, las hijas, las hermanas y las madres de quienes mataron o desaparecieron.

Ya me cansé, pero seguiré esperando a que ese marzo llegue, ese en el cual no tenga que dar explicaciones, porque la gente haya comprendido por qué se marcha, por qué se grita, por qué se pinta, por qué se quieren destruir los edificios y más aún, esperar a que la violencia contra las mujeres deje de suceder y entonces no habrá necesidad de salir a marchar ni de dar explicaciones.

viernes, 6 de marzo de 2026

Ellos dijeron por Ruth Levy

 

Ellos dijeron




 

Ruth Levy

 

A la mujer valiente y decidida

que supo ir tras su libertad

 

Él dijo I

Yo reforjé su amor en mi yunque de barro.

Yo enrosqué su sueño a mi cincel para convertir en noche sus crepúsculos y amaneceres.

 

Ella dijo I

Que él no me acuse de haberlo enterrado vivo. No puede haber un juicio si no hay una muerte.

Ahí sólo yace un cadáver.

 

 

Él dijo II

Escuché su clamor inoportuno.

Se quedó coagulado

en el desierto infinito.

 

Ella dijo II

Mil días después liberé mi ira.

Carcomí la prudencia.

El verbo estalló.

 

 

Él dijo III

Que no ambicione la libertad del aire. Corté sus alas.

La vi caminar sobre la arena que dispersaba sus huellas.

 

 

Ella dijo III

Hube de gritar tan alto

que derrumbé sus muros ante su estéril asombro.

 

 

Él dijo IV

Donde esté, escuchará cómo aúlla el lobo del recuerdo.

 

Ella dijo IV

En la última noche, en mi nido murieron los pájaros.

Me descolgué hasta el fondo para amarrar un manojo de ramitas.

 

 

Él dijo V

Mi voz ya no tiene cabida en su silencio.

A las puertas del sueño se detiene su nombre.

 

Ella dijo V

El viento reunió mi canto.

La yedra azul escaló hacia mi vientre.

Anudé mi soledad a una estrella.

 

 

Ella dijo VI

Soy mortal, con brazos terrenales extiendo mi manto.

Sujeto entre mis cabellos un narciso.