martes, 30 de octubre de 2018

Rabia de tinta por Rafael Ortiz



 

Me cuenta mi mamá que te estás recuperando, Basilio. Eso es bueno y malo, la pregunta es ¿para quién? Bueno para ti si logras salir de ésta. Arrancarías de cero, sin lastres. Bueno para mí porque no es lo mismo que me acusen de agresión que de homicidio, la puerta de salida se ensancha un metro cada milímetro cicatrizado de tu herida. Malo para tu sueño, para conciliarlo sabiendo que jamás llegaré a perdonarte, despertando por la noche con el hospital a oscuras, temeroso de que me presente a acabar lo empezado.

¿Sabes qué está bien jodido, Basilio? Esta bodega de almas arrugadas por el crimen, por el pecado, y en mi caso, por la estupidez. Tonta, nunca te hice caso cuando quisiste enseñarme a tirar. Tampoco imaginé que tu amada pistola pateara tanto. Te apunté al corazón y te hice pedazos un hombro. Debí poner la mira en tu ombligo para volarte la cara, así no tendría que verla siempre; en los moretones de los brazos de las drogadictas, en los dibujos que dejan en las celdas los orines al secarse. Veo tu cara malnacida entre los barrotes sembrados en el concreto, y esos no paran de crecer.

Lo peor aquí no es la falta de paz. Lo peor es el frío rebanando los huesos mientras peleas hasta por el papel del baño. Si tu recuerdo fuera eso: un retazo de vida usado para limpiar la peor suciedad, arrastrado luego por un remolino sin freno. No, no te escribo esto para hacerme la mártir, seguro mi condición te alegra. Lee estas líneas, asimila mi calvario, entérate de las calamidades que vas a vivir en carne propia. ¿O crees que un simple balazo fue suficiente penitencia?

En parte tuve la culpa, lo sé, por haberte conocido. Si me juzgaran por imbécil alcanzaría cadena perpetua. Cuando una es chica y se enamora, pierde. Pero enamorarse como yo de ti, a mi edad, eras casi un muchacho… Si me hubiera detenido a pensarlo Carito seguiría viva y su bebé habría nacido en estas fechas. Fui tan tonta antes y tan lista para adivinarlo después, la noche en que ella no volvió de la prepa. Es por el aguacero, decía mi mamá. No, no era eso, yo sabía, le había pasado algo.

Dice el abogado que mi peor error fue hacer justicia por propia mano, pero no hacía falta un juicio. Cuando llegaste casi de madrugada y te dije que mi niña no aparecía, te quedaste mudo. No necesitabas confesar; me lo dijeron tus ojos de perro muerto, lo cantó tu aliento a alcohol de cuarta, lo gritaron tus pantalones llenos de lodo. El lodo hallado en los pulmones de mi hija. Los pantalones encontrados en el cateo de ayer en casa de tu hermano, los pulmones de Carito reventados a medias del río crecido.

Cuando te interroguen dirás que ella se te insinuaba, que cuando me quedaba tarde a trabajar se te metía en la cama. A lo mejor sí, te la doy por buena. No me importa, no me importaría si mi nieto fuera también mi hijastro. Una madre a sus hijos les perdona todo. Cómo pude pensar que no harías nada. Lo sabías, ella te lo dijo. Por eso te deshiciste de ambos, de un solo esfuerzo. Estuviste horas limpiando la pistola mas no te atreviste a usarla. Era demasiado obvio. Saliste apurado, nervioso, me di cuenta dónde la escondiste. Volviste a ver su cañón niquelado al día siguiente, la viste escupir fuego antes de caer de espaldas.

¿Eres tú, Basilio? Ya siento tus huesos resonando contra los muros como un puño de monedas aventadas a un bote. Ya te oigo pujar de miedo cuando sientas el coro de vahos calientes en la nuca, cuando no aguantes tu hedor y sufras el primer regaderazo. ¿Sabes, Basi? Me daría mucha pena si esta carta no te encuentra en el cuarto de hospital donde te recuperas. Si acaso la recibes antes no te apresures en contestarme. Léela con cuidado, quiérela mucho, no te vayas sin querer algo en tu vida. Toma el papel y siente cómo se queman tus manos, cómo traspasa tu piel la rabia de mi tinta.